Amores de verano (relatos de viajes)
(f.a.g.)
Mientras como una hamburguesa en un bar agarro el celular y escribo este relato. Siempre me gustó viajar, no hacer turismo. Viajar, que es otra cosa diferente. Cuando se viaja se aprende y disfruta un lugar, un país y la idiosincrasia de sus habitantes se mete en tu piel, porque uno se mezcla con la gente del lugar. En cambio el turismo es algo más esquemático, porque el turista tiene esa "obligación" de visitar lugares emblemáticos de un lugar, para la foto obligatoria y para luego en el retorno al país de uno la charla vulgar con amigos y familiares. De todos los países que he viajado me impactaron mucho Estados Unidos y Bolivia. Del primero me enamoré de Los Ángeles. Fui ocho veces, tengo conocidos ahí. Me gusta caminar por esa ciudad emblemática que el cine y la literatura minimalista tan bien han retratado. Tiene algo muy parecido a Capital Federal. Mi inglés es aceptable, y aparte se habla mucho español en Los Ángeles. Después me enamoré de Las Vegas, una ciudad única. No hay horarios, la noche es día. Y me impactaron los túneles que van de casino en casino. No me gusta el juego, pero es un lugar para disfrutar. Y San Francisco. Ahí me perdí la primera vez que fui. Tomé el Antras (el tren del Pacífico) y llegué a las dos de la madrugada. Y me alojé en un hotel berreta (1995). En San Francisco la pasé muy bien. A la mañana me fui a conocer Alcatraz, la isla presidio donde se filmaron tantas películas. Pero me perdí. Salí del hotel sin la tarjeta y no me acordaba la calle. Vagué ocho horas buscando el hotel. Pero conocí en esas caminatas de desesperación a una chica. Una norteamericana de 33 años más grande que yo. Una chica muy pero muy blanca. Muy delgada que me puse a hablar en un bar. Primero me hablaba rápido, en ese inglés norteamericano que no se entiende. Y después me habló despacio. Y así nos hicimos amigos. Y al final encontré el hotel gracias a ella, que según mis descripciones: una panadería latina en la esquina y un empleado chino del hotel con un parche en un ojo y manco, y me dijo: el hotel China. Fueron ocho días en San Francisco de mucho amor con esta chica, un amor que fue naciendo de esas charlas en inglés y de caminar y reírnos mucho. Al irme de la ciudad para Los Ángeles nos despedimos con un pequeño llanto. A la semana esta chica se fue a verme a Los Ángeles, pero yo ya había conocido a una mexicana de 19 años. Una amiga de la novia de un amigo. Y tenía que repartirme el día entre las dos. Vivía agotado, pero fue una semana muy linda. Todavía me manda tarjetas mi amiga de San Francisco. Tuvo un hijo allá con un ingeniero. Y le puso Fabián al chico.
Bolivia es un país que amo. Me gustan Potosí y La Paz y mucho Santa Cruz de la Sierra. En Santa Cruz hay mujeres hermosas. Colonias alemanas y francesas. La oligarquía es de ahí. Pero mi gran "amor" de viaje por Bolivia lo tuve en La Paz. Una chica morena descendiente de coyas. Trabajaba en una casa de fotos. Yo llevaba los rollos para revelar y un día salieron menos fotos y fue un error de la casa que me arruinaron fotos. Le digo a la chica: "no te hagas drama, mañana te venís conmigo y sacamos esas fotos que se arruinaron". Ella se echó a reír y me dijo "pero me invitás a comer después". Así nos recorrimos el Alto juntos. Y a la noche terminamos durmiendo en mi hotel. Una bella morena, de ojos negros penetrantes y piel suave. Un mes me quedé ahí. Y el regreso fue muy triste, porque me enamoré de ella. Volví al otro año y se había ido a trabajar a Italia para estudiar Historia. Nunca más la ví.
Otro país que me impactó fue Marruecos. En 1992 estuve ahí. Mi sueño era Casablanca. Fui y recorrí la ciudad más linda del mundo. Me metí un día en la mezquita histórica y entro fumando. Se me arrima una morena y me dice de mal modo que apague el cigarrillo. Lo apago y me mando un insulto bajito. La chica escucha y me dice: "pelotudo, andá a follar a tu hermana". Era una española de Madrid que vivía en Casablanca. Una guía de turismo. Yo le dije: "mil disculpas". Y se echó a reír y nos hicimos amigos. Esta chica me enseñó la ciudad de punta a punta. Fuimos una noche a bailar y ahí nació el amor. Un amor puro como pocas veces he tenido en viajes por el extranjero. Un mes estuve ahí. Pasábamos tardes enteras caminando y hablando. Y noches enteras en mi hotel en la pasión de un amor que sabíamos que iba a terminar en días. Al ir al aeropuerto ella me acompaña y me regaló un libro sagrado islámico. Después nos encontramos en 1994 en Río de Janeiro. Y fueron veinte días muy buenos. Y después nunca más supe nada de ella .
Río de Janeiro otra ciudad que amo. Fui diez veces y siempre disfruté de sus playas. Amores furtivos y cortos. Nunca un gran amor en Río.
Después he estado en el Distrito Federal en México y en Tijuana. En Colombia, Perú. Uruguay y Asunción y Chile muchas veces.
En Chile tuve dos amores importantes. Esos amores de viaje que en su momento no son importantes, pero que hoy recuerdo. Una chilena de Santiago que hasta hace tres años me escribía cartas de amor. Las tengo guardadas en una caja. Yo nunca se las contesté. Una chica que cuando la conocí yo tenía 29 años y ella 18. La última carta decía: "te quise tanto que todavía recuerdo tus caricias cada noche". ¡Estuvimos juntos cinco días nada más!!!! Y agregaba: "esta es mi última carta, me cansé que no contestes mis cartas". Y la conocí en 1998.
Pero de todos esos amores de viaje la que siempre recuerdo es mi amiga española, muy divertida y de una inteligencia y belleza madrileña única.
Eso es viajar, sexo, amor, caminar y conocer gente. El turismo nunca me interesó. El turista hace vida de turista.
Ahora hace un par de años que no salgo del país. Y no viajo tanto como antes. He viajado mucho y ahora prefiero la tranquilidad. Es lindo viajar, pero hasta cierta edad. Después de los cuarenta el viajero se transforma en turista: ese ser que va a lugares emblemáticos para la foto para Facebook y para la envidia de los amigos.
Viajar nada más que viajar.
Fabián Ariel Gemelotti
(Viernes 10 de enero de 2019, en algún lugar del país)
2 de la madrugada.
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