domingo, 5 de enero de 2020

El profeta

El Otro Mundo

(f.a g)

Esto que voy a contar es real, nunca lo he narrado. Por miedo y por vergüenza a que no me crean. Pero es real, tan real que todavía siento escalofríos cuando pienso y recuerdo los hechos. Corría el año 1994 y yo estaba paseando con mi moto. En esos tiempos tenía una Honda 100 negra de lujo. Una máquina que ahora es moto para coleccionistas. Recorría la ciudad y con mi melena de ese entonces y mi rostro aniñado y mi remera negra pegada a mi cuerpo trabajado por el gimnasio y la natación me sentía libre. Tenía muchas mujeres, una mejor que otra. Los años te van quitando impronta, pero quizás ahora tenga más mujeres que antes. Es fácil tener mujeres cuando se sabe abordarlas. Bueno, no quiero distraer la atención del lector en cosas personales. Pero cuento esto porque tiene que ver con lo que voy a narrar.
Iba con mi moto por el Parque Independencia y veo sentada en un banco a una rubia hermosa. Nunca había visto a alguien tan bella y tan perfecta en cuerpo y piel. Lo único raro era su vestimenta, como salida de un filme del cine mudo. Paro mi moto y me arrimo a la chica. Me siento a su lado y prendo un cigarrillo. La invito y me rechaza el cigarrillo. Me agarra de la mano y me lleva a mi moto y me dice: "vamos a mi mundo". Me subo a la moto y tiro el pucho ya consumido y ella se sienta y me apoya las manos en las piernas y dice que arranque. Doy la patada y empezamos a viajar hacia su "mundo". Me susurra que la lleve hacia la zona del Cementerio La Piedad. Vamos hacia ahí. Tengo que decir que siempre me gustaron mucho las mujeres, y nunca desaprovecho cuando veo a alguien que puede ser un potencial romance. Así que voy contento a toda velocidad con mi moto y el pelo de la rubia me pegaba en la nuca y sus manos apretaban mis piernas y sus senos apoyados en mi espalda me hicieron calentar mucho. Llegamos a la zona del Cementerio y paro la moto y me doy vuelta para ver bien el rostro de la mujer: nunca vi algo tan hermoso, ni Alejandra que era mi novia de entonces y de una belleza única tenía esa belleza. Irradiaba luz el rostro. Los labios muy rojos y las pupilas tristes. Una blancura única. Nunca vi mujer tan blanca. Le pregunto dónde es su casa, porque yo pensaba que su "mundo" era su domicilio. Y me dice con una voz de una suavidad de otro mundo: "vivo ahí" y señala el Cementerio. Le digo que ahí no puede vivir, porque es un Cementerio. Y Ella arrima los labios y me besa. Y siento que el cuerpo se me enfría y siento una tranquilidad única. Sus labios son fríos y dulces al mismo tiempo. Le digo que ahí yo no entro. Soy miedoso desde niño. Le temo a los Cementerios. Dos mujeres que amé mucho murieron y no toqué sus cadáveres en el féretro. A los 17 años murió en un accidente de auto una chica que fue uno de mis grandes amores. Yo también tenía 17 años y no pude besarla en el féretro. Y hace unos años otro amor se quitó la vida y no pude tocar su cuerpo muerto. Me resisto a entrar. Y me besa nuevamente. Bajamos de la moto y me agarra de la mano y me lleva hacia La Piedad. Y entramos. Yo pienso que debe ser la hija del guardián y pienso en el polvo que me voy a echar y eso me calma. Recorremos el Cementerio hasta la mitad y ahí hay una tumba vieja. Y Ella abre la puerta y me dice que entremos. Tengo miedo, estoy temblando. Ella se acerca y me da otro beso. Entramos a la tumba. Hay sarcófagos polvorientos y cruces quebradas y sucias. Y fotos viejas. Ella se arrima a mi cuerpo y me besa los labios con pasión. Y se aparta y se saca el vestido. Veo un cuerpo perfecto, piernas delgadas y blancas. Y senos pequeños con pezones rosados. Y se arrima y me saca la remera. Y empieza a besar mis tetillas y mi cuerpo entero. Me agacho y me saco las zapatillas y me saco el vaquero. Y quedo con el calzoncillos rojo. Y Ella se arrima y me arranca el calzoncillos y mi pene está muy duro. Desciende y se lo mete en la boca. Succiona de una forma única. Y empieza a subir hasta mis labios y me susurra que la penetre. Empujo su cuerpo hacia un féretro polvoriento y levanto sus piernas y hago fuerza con las mías y le meto el pene y empiezo a bombear. Ella grita y grita. Y así un largo tiempo hasta que siento su cuerpo temblar y en un largo suspiro acabo y la beso y la beso apasionadamente.
Ella me dice que me cambié y que me vaya. Le pido explicaciones porque no entiendo nada. Yo me dejé llevar por la calentura nada más. Y me dice gritando: "tenés que irte ya nos volveremos a ver en mi Mundo". Salgo triste de la tumba y feliz al mismo tiempo. Miro para atrás y veo polvo y suciedad y tumbas y ese olor a muerte empieza a penetrar en mi nariz. Un olor nauseabundo que me hace temblar de asco. Llego a la puerta del Cementerio y corro a mi moto.
Al otro día le cuento esto a Fernando Marquinez, un gran amigo. Y le digo que por favor me lleve en su auto hasta el Cementerio a la salida del trabajo. Vamos hacia La Piedad. Al llegar entramos y hay una casilla y un hombre de unos noventa años sentado leyendo un libro. Nos arrimamos y le pregunto: "¿usted tiene una nieta rubia?" El hombre me mira y me dice que no. Y le hablo de la tumba y vamos los tres hacia la mitad del Cementerio. Al llegar a la tumba el viejo empieza a lagrimear y le pregunto por qué llora y el viejo saca de su billetera una vieja foto amarillenta en blanco y negro y dice con voz temblorosa: "acá descansa mi primera esposa muerta en un accidente de moto en 1925".

Fabián Ariel Gemelotti

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