viernes, 17 de enero de 2020

Ribar

Robar (ensayo)

(f.a.g.)

Ayer fui al cine a ver El Robo del Siglo. No me gusta el cine argentino, mi cine preferido es el estadounidense y el italiano y el alemán. He escrito mucho sobre el tema. Y tengo un libro editado sobre cine policial norteamericano. Pero veo cine nacional y mucho. Veo mucho cine de todo el mundo, porque amo el cine. Y colecciono programas de cine de todos los tiempos y fotos. El cine es una de mis grandes pasiones, desde niño. El filme me gustó, no es lo que esperaba, pero me gustó mucho. Es un filme entretenido y muy llevadero. Buenas actuaciones y bien contada la historia. No es el mejor filme de los últimos tiempos argentino, pero puede quedar en nuestra Historia del cine como un filme interesante y digno de manuales narrativos sobre cine. Este filme me da pie para escribir este ensayo sobre ROBAR.
Robar, una palabra condenada por todas las religiones y a su vez condenada por la moral de todos los sistemas económicos a lo largo de la Historia. ¿Qué es robar? El que roba lo hace porque robar es una forma de obtener dinero. La finalidad del robo es el dinero, no es algo romántico robar. En Pizza, birra y faso, ese filme nacional tan jugado y tan de culto, unos chicos marginales roban con la moto y roban porque el robo es su único medio de vida. Empujados por la marginalidad, la pobreza, y el desamparo del Estado roban a cualquiera que sea robable. Le roban al taxista chanta, a la viajera, y roban un restaurant y un boliche de cumbia. Al ritmo de la cumbia roban, porque la cumbia en este filme se transforma en soporte de la melodía del robo. Robar queda en el filme como una consecuencia del robo menemista. Es 1996 y Menem ganó dos elecciones en forma contundente, pero la marginalidad crece día a día y la inseguridad ya es parte de lo cotidiano. Acá está narrada la historia desde la visión del mundo que tienen los "negritos de mierda" que salen a robar. Hay una escena muy buena, donde el personaje (el Cordobés) va al boliche de cumbia y el musculoso guardián le dice: "negro de mierda andate". El "negrito" va a un lugar de "negros" pero lo echan por ser "más negrito que los negros". Esa escena es excelente, muy lograda. Al final chorean la caja del boliche y se escapan por Capital y termina el filme en el embarcadero a Montevideo. Y muere el joven "negrito" y su novia "negrita marginal" se va con el bolso con la guita. La gente aplaude en el cine. Aplaude porque el filme emociona. La violencia es emoción. Y la clase media es romántica y ama a los pobres pero odia a su vez la pobreza. Ví el filme en el Gran Red en 1996. Estaba con mi novia de entonces, una chica rubia de ojos grises y piel muy blanca y muy burguesa. Recuerdo que me dijo: "no es tan malo robar". El cine tiene eso, te hace sentir empatía con lo que "la gente odia".
Robar es un laburo, como ir a la oficina o ir al taller mecánico. La diferencia lo marca que el ladrón roba al que tiene bienes materiales, ya sea laburando o explotando a laburantes. Ahí está la cuestión del robo. Robarle a un laburante se transforma en un hecho de necesidad para el "choro" y de odio a su vez al que tiene laburo. El motoquero arrebata a la jubilada y al trabajador que madruga. Es un robo entre explotados, porque el "choro" es también un explotado y víctima del capitalismo al igual que lo es el asalariado. Ese robo es un robo que esconde necesidad, odio y sobre todo venganza.
Hay un filme que siempre reivindico: Ladrón de bicicleta, donde un pobre es víctima del robo de su bicicleta. Y el pobre busca su bicicleta durante todo el filme. Su bicicleta es su medio para llevar dinero a su hogar. Amo este filme.
Ahora todos se agarran la cabeza por las muertes en zona del casino. Pero en su momento todos querían casino. Ese es otro robo más desastroso, porque el juego es un robo aceptado socialmente. Odio el juego. Nunca fui al casino de Rosario, ni me interesa ese ambiente entre marginal y de chismerío barato. Solamente conozco los casinos de Las Vegas en Nevada y los de Marruecos en Casa Blanca. Entré para conocer, no soy jugador. Ni al quini juego. A nada. Tengo cultura del trabajo, porque de chico me inculcaron que labure y estudie y lea. Pero yo soy de clase media ni rica ni pobre. Clase media con bienestar. Pero el marginal, el pobre, el que nació en un hogar del desempleo o trabajo mal pago no tiene futuro de nada. El "negrito" no tiene retorno. Está condenado a ser "choro" o "policía" o al menudeo de la droga. Y no lo digo despectivamente, porque no me gusta reírme de estas cosas tan serias. El robo y la inseguridad es parte de ese 45 por ciento de pobres que generó Macri y que Alberto no va a solucionar. Del robo al estallido hay un paso.
No quiero caer en el romanticismo estúpido de la clase media que ama "al pobre y se dice peronista pero odia el choripán tocado por la gorda de la cancha". No me interesa el romanticismo de la pobreza, eso se lo dejo a los sindicalistas burócratas a los políticos mediáticos.
Ayer al salir del cine voy a comer una pizza con la chica que fui al cine. Chica rubia, y también de ojos grises como mi novia con la cual vi Pizza, birra y faso. 25 años separan. Una habla del pobre que chorea. El Robo del siglo habla de la clase media que roba un banco. 1996 y 2020. O 1996 y 2005 cuando ocurren los hechos. Y me mira esta chica y me dice: "es lindo robar un banco". Al fin y al cabo, a todos nos gusta robar y soñamos con ser choros.
Mientras tanto se robaron el país y nadie dijo nada en su momento. Ahora tenemos el país que supimos callar.

Fabián Ariel Gemelotti
(17/01/2019, dos de la tarde)

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