El libro viejo
(f.s.g.)
El libro viejo tiene esa cosa tan linda que lo hace especial. El olor a libro viejo es algo inconfundible, abrir y olerlo. El libro viejo puede estar muy cuidado o roto, no importa. Es un libro. Meter la nariz, las manos, tocarlo, abril, ver si tiene algo escrito, y llevarlo. Y meterlo en la biblioteca. Eso es único. Ediciones raras, muy viejas o que nadie conoce. Ediciones que duermen en un rincón de una librería de viejo y llega uno y la encuentra y se encariña con el libro y lo compra. Hay libros que solamente uno valora, como esas ediciones que no comprás por el contenido, sino por la tapa y su forma o porque te gusta el papel. Ahí el libro como objeto es más importante que el libro como texto. Comprar un libro en griego, y uno no sabe griego. O un libro en árabe, y uno no sabe árabe. O encontar una edición del siglo 17 en italiano y mirar el Ex Libris y ver ese papel de trapos y grosor grueso. Ver que el libro se conservó intacto y ver la encuadernación y decís "estoy satisfecho". El libro viejo es eso. Es como encontrar una figurita de chapa de los setenta, algo que solamente uno valora, esa figurita que representa tu mundo del pasado. Y vas a tu casa y la ponés en un álbum con folio resguardada del polvo. Y no la ves por años, pero sabés que está ahí. El libro usado es algo para atesorar y ver mil veces. O como la figurita saber que está ahí y no lo ves por años, ahí en tu biblioteca con algo de polvo y soledad y esperando que vos vuelvas a tocarlo y abrirlo.
Primeras ediciones para guardar, porque no se tocan por tocar. Ver a Arlt y saber que ese libro en los años 30 fue leído por los primeros lectores de Arlt. Ver una edición del Martín Fierro primeriza, de papel finito y encuadernación muy tosca y fea. Ver esa edición llena de errores de impresión y decís "esto me haría feliz". Hace mucho vi un libro manuscrito de 1211 en una librería de Nueva York, me quedé mirándolo un buen rato. El libro en la vidriera y yo parado atontado. Entro a la librería y pregunto el precio. El librero me dice un precio impagable. Le digo si puedo tocarlo y verlo y me dice que para tocarlo eran cincuenta dólares. Pagué los cincuenta y lo toqué, y llevé mi nariz a través de sus hojas y me lo fuí devorando en un acto religioso. El libro en mis manos y yo oliendo. El vendedor me miraba y me preguntó si era argentino. Le digo que sí y me dice "tengo un libro muy barato para usted, es único" y saca de una estantería un libro de 1510 y me lo pone en la mano. Me dice "mil dólares". Le dije que no podía pagar eso. El libro era hermoso, casi un incunable. Una edición de Venecia, un libro religioso. Me fui triste de la librería. Y en el avión a Argentina pensé y soñé con ese libro. Volví a los años a esa librería y el libro ya no estaba, se había ido a la biblioteca de alguien. Estuve años pensando en el manuscrito y en el libro de 1510. Estoy en Capital Federal y entro a El túnel de Buenos Aires, esa librería de viejo tan buena en Avenida de Mayo. Conozco al dueño. Le indico que me muestre un libro encuadernado en pergamino qué está en la vitrina y me lo trae. Lo abro y toco sus hojas y siento el olor del libro. Y pregunto cuánto y me dice diez mil pesos. No lo pienso, es un libro de 1667. Es chico, de bolsillo. Esas ediciones populares del siglo 17. Me siento feliz y llego a Rosario y se lo muestro a una novia y me dice "¿gastaste diez mil en esta porquería?", se me cae la felicidad y me angustio. Y al otro día estoy feliz porque pienso que ese libro es muy valioso para mí. Lo pongo en una vitrina y cuando la gente entra a mi casa mira los libros nuevos de la biblioteca moderna y nadie mira la vitrina con libros viejos, con ediciones rotas o en buen estado. Rarezas, libros religiosos o de magia o Derecho. Solamente una vez en toda mi vida una chica entra a mi casa, una novia del trabajo. Al entrar mira la vitrina y se dirige a ella y me dice "amo esos libros", y abre la vitrina y aspira con fuerza para oler el olor de los libros viejos. Y soy feliz.
El libro viejo es más lindo que el libro nuevo. Me gusta más. Tengo miles de libros nuevos, libros que también amo. Pero el libro viejo ahí en mi biblioteca es el Rey de la biblioteca. Y allá en el fondo me miran tres tomos pequeños de 1829, una edición en inglés de la historia de la literatura inglesa. Tres tomos escritos por una mujer. Investigué años sobre esos libros. No podía saber quién fue esa mujer que escribió ese tratado literario tan bueno. Hace poco me enteré que fue una historiadora, una de las primeras historiadores en un mundo de hombres de la Inglaterra de 1829. Siento el olor de los tres tomos y siento el sexo de esa mujer. Pienso en ella y me digo que si tuve otra vida ella fue mi amante. Amo a la autora, amo esos libros. Soy feliz. Amo los libros viejos.
Fabián Ariel Gemelotti (martes 7 de abril de 2020, tres y veinte de la madrugada)
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