lunes, 24 de febrero de 2020

Tiempo libre

La muerte del tiempo libre (ensayo)

(f.a.g.)

El celular, ese aparatito de mierda que todos tenemos mató el tiempo libre. Lo hizo bolsa, nos alineó en un pensamiento colectivo y nos aliena la vida cotidiana. Antes del celular había tiempo para todo. Había libertad de movimiento, nadie sabía dónde estabas ni si estabas acá o allá o simplemente no estabas. Y no estoy hablando de hace muchos años atrás, hablo de hace diez años cuando el Wassap no existía. Había tranquilidad y la soledad era algo muy lindo. Y si retrocedemos veinte o veinticinco años atrás no había internet para todo el mundo. Era hermoso eso, las enciclopedias eran nuestra internet. Se leía mucho, y las conversaciones eran enriquecedoras. Te sentabas en un bar con un amigo y hablabas horas y horas sin la interrupción de un celular, sin noción del tiempo, y sobre todo sin ese conocimiento alienante que sale de la internet. El que sabia sabía porque leía, y todo era más claro. El que leía libros se notaba, y hacía la diferencia del resto. Y si retrocedemos treinta años atrás la facultad era pura lectura. El que no leía libros no podía ir a la facultad. Uno valía por lo que leía. Me gustaba eso, porque en el patio de humanidades todos tenían miles de libros en la mano. Y se leía novelas, y ensayos y periódicos y revistas. Y había miles de publicaciones caseras que circulaban, ediciones de autor, hojas sueltas y otras mecanografiadas y libritos armados con fotocopias y tapas caseras. Yo escribía y armaba mis propios libros. Era nuestra internet, y se leían esos escritos artesanales. Teníamos nuestra revista en Historia, una revista casera de diez páginas donde se mecanografiaba y se le armaba con cartulina una tapa. Una chica de Arte hacia los dibujos, con lápiz y los pintaba. Era hermoso eso. Tengo todas esas publicaciones guardadas en cajas. Estaban también las plaquetas: una hoja dividida en tres partes, donde formaba seis carillas. Ahí publicaban generalmente los poetas. Los que escribíamos narrativa preferíamos el cuadernito de dos hojas con ganchito en el medio que formaba un pequeño librito. Tiradas de cien o doscientos ejemplares. Uno llevaba en la carpeta (no se usaban mochilas como ahora. La mochila se populariza a mediados de los noventa) esos escritos y los regalaba a estudiantes. Humanidades era un cultivo de escritores desconocidos. Tengo miles de plaquetas y libritos de estudiantes, todos guardados como recuerdo de mi época universitaria. Y no hablo de hace siglos, eso pasaba hace poquito en el tiempo. Lo recuerdo hoy como si fuera ayer. Tengo una memoria privilegiada, para retener textos y recuerdos. Recuerdo detalles y me sirven para escribir.
La internet, los celulares y las plataformas mataron la vida. Y ya no es la TV, porque la televisión permite cierta soledad y libertad de pensamiento. El gran problema es el celular. Y no tanto la internet, porque en los noventa hasta 2010 más o menos estaban los cyber y uno iba un rato, y buscaba información y se Iba. El problema es cuando internet ingresa a los hogares, mata ahí la individualidad de la gente. Hay generaciones que no saben lo que es vivir sin internet, pero digo que era hermoso porque el tempo libre era libre. Y cuando el celular avanza y desde el aparatito podés meterte a las redes ahí muere definitivamente lo individual. Ahí nace el pensamiento único, ese pensamiento de repeticiones de las cosas sin haberlo pensado previamente en soledad con uno mismo.
Los malditos celulares, ese aparatito que mata la comunicación, que nos tiene pendientes de lo que alguien quiere decirnos. Hace cinco años había conocido una chica que tenía novio. Íbamos a un telo a coger dos veces por semana. Una morocha muy hermosa de 18 años. La pendeja todo el día con el celular. Era una cosa ya que enfermaba. Yo estaba abajo y hacia una mirada para arriba y la veía con el celular. Me tenía cansado. Y le digo un día: "¿cuando cogemos dejá el celular un poquito?", "tengo que hablar con mi novio, es muy celoso y si no hablo se pone m@l". Ese día a la salida del telo bloqueé su celular, y lo borré. Y le dije: "chau". Nunca más quise saber nada con ella. Odio a la gente  que habla todo el día con el celular.
Mierda, me estoy volviendo un intolerante. Pero prefiero ser intolerante con la modernidad que ser tolerante con lo que detesto.
Agarro el celular y miro y tengo un mensaje de Wassap. Y ese mensaje de Wassap me hace excitar mucho. Es el mensaje de una chica que me calienta mucho. Y me cambio rápido y agarro la moto y ya estoy saliendo al encuentro de Ella. Estaba ansioso esperando este mensaje de Wassap.

Fabián Ariel Gemelotti
(Lunes 24 de febrero de 2020, dos y media de la tarde)

Posdata: hoy quería leer todo el día Espartaco, de Howard Fast.

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