El libro intonso
(f.a.g.)
El libro antiguo o viejo o raro o primeras ediciones tienen ese no sé qué que enloquece a quienes amamos a los libros. Una primera edición es la cuna del libro para el bibliófilo. El texto no interesa tanto como la armazón del libro. He comprado libros por sus tapas nada más o porque eran intonsos o me gustaba el corte de guillotina o simplemente por el papel en que fueron impresos. Me gusta más el libro usado que el libro nuevo. El libro viejo y cubierto del polvo de esas librerías que ya no hay más son mi pasión. En Capital Federal tenés todo pero todo. Acá también, pero más limitado porque Rosario es ciudad no metrópolis. Me gustan los libros intonsos, cuando los bordes del libro no son lisos o refinados. Un libro intonso no tiene cortadas las barbas de las hojas y es un libro que nunca fue leído o leído en parte y quedan hojas pegadas por falta de corte que las desuna. Antes recorría calle Corrientes en Capital buscando libros sin cortes y/o de corte brusco, como comido por ratones. Una cualidad del libro de aventuras donde conseguí mucho Salgari y Verne o Dumas. Hace diez años por monedas los conseguía, ahora lo libreros los venden muy caros. Ya no se consigue nada bueno en las búsquedas en librerías. Lo bueno ya fue comprado o pasó a Mercado Libre o simplemente no existe más. En Rosario don José de la Librería Balcarce tenía de todo, uno iba y se metía entre el polvo y ese desorden borgiano y encontraba todo. Ahí podías encontrar desde una postal de desnudos femeninos del siglo 19 a una revista de modas y un Anteojito a una enciclopedia papel Biblia española. Pero lo intonso me apasionaba. Ahí una vez veo un libro todo roto, como comido por las ratas. Le digo a José cuánto el libro y me dice monedas. Era un tratado de alquimia del siglo 18, los últimos libros sobre alquimia que circularon. Ya la ciencia desplazaba a la alquimia, y ese libro era un tesoro. Lo tengo guardado en folios y como está en latín agarro el diccionario de latín y hago mi traducción.
Rosario es una ciudad chica, no es una gran ciudad como Capital o Nueva York o Roma o Londres o San Pablo. En estas ciudades hay miles y miles de librerías de viejo. Pero Rosario tiene una cosa buena, en las librerías de viejo que todavía sobreviven hay tesoros escondidos. Hay que saber encontrarlos. La librería enfrente del Patio de la Madera, esa librería de polvo, suciedad y tanto desorden a mi entender es un tesoro. Ahí encontré de todo, desde boletos de tranvías hasta entradas de boliches de los ochenta y muchos libros intonsos. Es una librería que me recuerda a una vieja librería de Roma donde uno se llena de mugre las manos y el pelo y consigue tesoros. En Roma todavía se consiguen libros del siglo 17 a precios aceptables y accesibles a cualquiera.
El libro no es solamente para ser leído, también es un objeto para ver muchas otras cosas: encuadernación, tapa, papel, corte, letras. Desde el primer soporte de piedra para la escritura y luego las tablillas de arcilla de Mesopotamia y luego el papiro y el rollo y el pergamino y el manuscrito medieval y finalmente la imprenta. Desde la Biblia de Gutenberg de 1453 hasta el 1501 tenemos los incunables. Los primeros libros impresos no tenían generalmente fecha de impresión y eran muy grandes y muchos imitaban al libro manuscrito. Después el libro se va haciendo más accesible y surgen los libros más pequeños de bolsillo, ya en el siglo 16. Y se adopta una letra más pequeña y de forma de lectura más fácil. Y se empieza a respetar la puntuación y los capítulos y aparece el nombre del editor y el título y autor en la primer hoja. Los cortes de guillotina en los primeros libros eran salvajes y muchas veces no lisos. Por ser apresurados en la impresión muchas veces quedaban intonsos. Ahí aparecen los libros intonsos y de cortes ásperos y el papel de trapos los hacia muy vistosos. El siglo 15 y el 16 son los siglos de los libros más hermosos. Por ser de cortes de guillotina raros no quiere decir que eran descuidados. Lo que ocurría que los talleres de imprenta eran precarios a veces y otras veces las persecuciones al libro y al impresor hacían que sea todo rápido. Ya el siglo 19 al abaratar costos se deja de usar el papel sacado de la pasta de trapos y se empiezan a usar químicos en el papel sacado de la corteza de los árboles. Y el libro se hace popular para el proletariado de la industria capitalista. Ahí empieza el libro intonso como algo muy común. El corte fino, liso y encuadernación duradera pasa a ser de ediciones de lujo para gente adinerada. Hasta más o menos mediados de los años 60 del siglo 20 un intonso era común. Después el libro se va haciendo más prolijo el cortado y la tapa más esquemática y vulgar. El arte de tapa de los libros policiales y de aventuras son de una calidad estética que muchas veces superan al texto. Grandes dibujantes se dedicaron a armar tapas.
El libro actual ha perdido esa impronta del libro de guillotina. Ahora las tapas responden a otros modelos de estética y la prolijidad del libro nuevo le quita al libro calidad e impronta creativa. Tapas esquemáticas, muy repetitivas y sin espíritu literario, esas son las cualidades del libro moderno.
No hay como un libro viejo y roto y manchado y de tapa con dibujos. Cuando veo una biblioteca de alguien me meto a ver si tienen libros viejos. Y busco ahí las tapas y los cortes de guillotina y miro el papel del libro. Me gustan esas manchas en el papel como de óxido de los libros del siglo 19, como si esas manchas le dieran una personalidad única.
Es así, el libro es libro por muchas cosas y por eso el libro nunca va a poder ser superado por los soportes digitales y virtuales. El libro tiene olor, espesura y color. La pantalla nunca podrá superarlo.
Fabián Ariel Gemelotti
(domingo 17 de mayo de 2020, tres y media de la madrugada)
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