Las bacanales porteñas (relato/cuento)
(Por: Fabián Ariel Gemelotti)
Leonardo ese día estaba deprimido. Su amiga Clari le dijo que lo iba a llevar a un lugar de amor libre, donde el sexo es desenfrenado. Leonardo se había separado y necesitaba acción.
Su amiga Clari lo agarró de la mano y juntos encararon la puerta del boliche: "son mil pesos", un gordo con cara de malo les extendió un papelito rosa y entraron. Un amanerado jovencito se acercó a Leonardo y le manoteó la pija. Leonardo lo echó con asco, y Clari le dijo que el muchachito lo hacía de cariñoso. Era la bienvenida al boliche. La música disco aturdía. En un rincón un viejo le chupaba la verga a un pendejo. Una pendeja se masturbaba en un sillón y a su derredor muchos miraban. La merca y los fasos de buena marihuana eran las delicias de los invitados. Todo era sexo, drogas y desenfreno en el alcohol. Eran las bacanales de Avenida de Mayo.
En la Grecia clásica una vez al año se rendía culto al dios Pan y todo era desenfreno. Orgías para la delicia de todos. Ese día se permitía tener sexo con esclavos y los ciudadanos libres vivían su desenfreno de alcohol y plantas alucinógenas. Platón habla de las bacanales. El Banquete es una fiesta de orgías. En el 200 A.C llegan las bacanales a Roma. Acá se permite el asesinato junto al sexo. Puñales y suicidios son corrientes en las orgías romanas. Virgilio, que era un puto respetado y admirado, habla de las bacanales. Cicerón y Plutarco fueron admiradores de esas orgías. Los cristianos primitivos condenaron las bacanales.
Ese día Leonardo vivió el desenfreno. Clari era una chica liberal. Acababa de cumplir veinte años y vivía con desenfreno. Era muy hermosa y muy guacha en la cama. Leonardo tenía cuarenta años. Y era un tipo serio y su profesión de arquitecto lo consumía. Pero ese día le dío a la merca y al alcohol.
Perdió de vista a Clari. Y miró para un costado y la vio chuponeado con otra pendeja. Se acercó. Y lo empujaron. Se fue a un costado y se le acercó una rubia de unos treinta años. Sacó un látigo y empezó a pegarle. Leonardo se agachó y empezó a caminar como un perrito. Y la rubiase subió a su espalda y cabalgó hasta agotarlo.
Eran las bacanales porteñas. Es el siglo 21, donde el amor es libre. Libre para el que tiene dinero para vivir el desenfreno.
Fabián Ariel Gemelotti
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