jueves, 18 de abril de 2019

Entre la literatura y la calle

Entre la literatura y el bowling
(dedicado: a la generación de los flippers)

(Por: Fabián Ariel Gemelotti)

En los ochenta las maquinitas fueron furor. Iba a la facultad de Humanidades y me hacía mis escapadas a jugar a los  flippers. Tiempos de literatura, ensayos y política militante. Tiempos de pos dictadura y Alfonsín. Tiempos de alegría en una Rosario bella y pujante, donde la diversión ocupaba un lugar muy importante. Leíamos mucho, porque en los ochenta todavía se leían libros y revistas y periódicos. Todo en papel, la internet era de la ciencia ficción. Nadie se tatuaba y la piel de una mujer era blanca o negra, pero limpia de flores y dragones o esas estupideces que se tatúan ahora para arruinar la frescura de la piel. Tiempos de aritos y pelo largo y barba y porros abultados y Marlboro importado. Eran otros tiempos. Eran los ochenta.
El bowling estaba en su mejor momento, y era la parada obligada de los sábados para jugar a los bolos y tomar unos tragos de jugo de fruta y alcohol. Siempre me impresionó que cuando uno tiraba la bola y volteaba las botellas se bajaba un chico y las acomodaba. Ese chico estaba acurrucado arriba y saltaba para acomodar. Me impresionaba ver eso. Era como ver a un esclavo de la Roma de Nerón cumpliendo un capricho de los patricios. Después se modernizó y fue todo automático. Pero esa imagen perdura en mi memoria.
Había un flipper sobre la segunda guerra mundial. Era mi obsesión y le jugaba muchas fichas, hasta que le agarré la mano. Y por calle Santa Fe, a la vuelta de la facultad estaba el Avenue, un bar de billares y maquinitas. Ahí se reunían muchos pibes de la ex Quinta Avenida, esa barra pesada del Centro que le daban al faso y a la merca. Uno era más chico y te miraban mal. Uno con 19 o 20 años entraba al Avenue y se tomaba un porrón, y se te acercaba un gordo melenudo muy groso y te mangueaba un faso. Recuerdo que en el grupo de pibes grandes había unas chicas. Una me gustaba mucho, unos 32 años y yo 20. Era una rubia de ojos celestes y pelo muy largo. Estudiaba arte. Yo estudiaba Historia. Un día la veo en el patio de la facultad y le pido fuego. Ella estaba fumando un porro. Y me mira y me dice: "¡pendejo qué querés... coger conmigo!". No supe qué decir y pegué la media vuelta asustado. Me refugié en la clase de Epistemología. A la semana la veo que me mira por el vidrio de la ventana del salón donde yo estaba escuchando la clase de Europa 2. Me puse nervioso. Y me prendí un pucho. En esos tiempos todos fumábamos en clase. A la salida del aula la veo sentada en el patio con otras chicas. Y la veo darle un chupón a una morocha de mi edad. Me arrimo y la enfrentó y le digo: "quiero". Esa tarde tuve mi bautismo de sexo salvaje como no lo tenía con mi novia formal. Creí que me moría. A la mierda la literatura y la historia. Fueron cuatro veces nada más que estuve con esta chica. Se llamaba Clara. Creo que murió en un accidente de auto hace unos años. Era la novia de un candidato a diputado en la actualidad. Un candidato Peronista. No digo el nombre, para no quemarlo. Pero es muy conocido.
Tiempos los ochenta de salvajismo. Las maquinitas y la literatura se juntaban y hacían un culto de la calle. Leía a Borges e iba a la cancha a ver a Newell's. Leía miles de ensayos y entre lectura y lectura me jugaba mi ficha a los flippers o Súper Mario o al Submarino. Iba a jugar al tenis a Gimnasia y me codeaba con la clase alta. Pero también iba a la villa a militar. Eran otros tiempos. Otra Rosario. El cine Imperial y sus películas suecas. El Palace que no tenía aire acondicionado. El Monumental. El Capitol y su cine erótico brasileño. Pero los flippers eran mi obsesión. Mi novia me acompañaba. Ella tomaba un trago y yo jugaba. Pateábamos las máquinas o la movíamos para que la bola aguante y no pase la línea definitoria. Después en los noventa vino Mortal Comba y me hice fanático. Ya no era estudiante. Ya no andaba con monedas. Tenía la billetera abultada. Y ropa de marca. Pero me seguían gustando las maquinitas.
Hoy me puso triste escuchar que cerró el bowling. Me puso melancólico. Fue parte de mi juventud y parte de todos los que alguna vez nos volvimos fanáticos de esos viejos flippers, donde con el pucho en los labios y las manos en los botones apostamos a ser felices.

Fabián Ariel Gemelotti

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