AMO A LOS LIBROS
(TERCERA PARTE)
(POR: FABIÁN ARIEL GEMELOTTI)
Hay libros que son subestimados por los académicos. Los intelectuales de facultad se creen que pueden definir ellos solitos un canon literario. Y ese canon es para ellos "el saber que todos deben respetar". Esta gente son los bolches, o como les decíamos en los ochenta y noventa, psicobolches de facultad o bares o círculos cerrados literarios. Ellos arman todo e imponen sus gustos a los demás. Esta gente es jodida, porque son de mala leche. Rosario tiene sus círculos cerrados de "intelectuales" que casi siempre están ligados a los medios rosarinos y al partido gobernante. Reciben premios literarios, reciben becas, e integran gabinetes de poder. Eso no pasa solamente en la ciudad, pasa en todo el mundo. La literatura es un canon de un grupito de "intelectuales". El canon literario es la moda a seguir. En los setenta y ochenta era moda leer Rayuela. Todos leían esa novela de Cortázar. Uno entraba a un bar y veía a un tipo con lentes y barbudo y melenudo leyendo ese libro. Después ibas a la facultad y todos hablaban de la Maga. Un día intenté leer Rayuela. Me aburrió. Me pareció un libro pésimo. Y lo comento a un bolche y me atacó tratando de disciplinarme intelectualmente. Los psicobolches se defienden entre ellos. Nunca los ataques, porque vas a perder. El psicobolche es trotsko por naturaleza. Andan con los libros de Trotski bajo el brazo. O son lectores de Joyce. Para ellos El Ulises es la cumbre de la Literatura. Los psicobolches desprecian a Freud y aman a Lacan y odian a Estados Unidos y aman a Francia. Pero odian a Julio Verne, que nació en Francia. Para ellos Verne escribía pavadas. El psicobolche leía Fierro y odiaba a Columba. Para ellos esa editorial era berreta y de los que no leían libros (sus libros).
Uno ve filmaciones de Cortázar, con ese rostro de pelotudo y ese lenguaje de intelectual y dice que es el mejpr representante del psicobolche argentino. Los psicobolches son zurditos casi todos. Hay peronistas también. En los setenta muchos bolches se hacen peronchos, porque ser Peronista en esos tiempos daba estatus político. Había rubias de clase media alta que decían: "soy grasa", y la única grasa que vieron en su vida era la medialuna grasienta de la confitería de Barrio Norte. Pero eran peronchas. Nunca vieron un negro en sus vidas. Y nunca se fumaron un Jockey Club o tomaron vino Baschetti. Ese vino del obrero, que era religión en la mesa de la clase trabajadora.
Cuando empiezo la facultad me impresionó el ambiente pacato. Se me arrima una chica un día y me dice: "estoy angustiada, mi papá me mandó menos plata este mes". Y le pregunto el por qué y me dice: "porque me hice comunista". Esa fue mi primera novia de facultad. Una chica rubia hija de un empresario de Santa Fe. Vivía angustiada porque en la familia no querían que estudie Historia. Buena mina, pero una nena que veía un obrero y lo trataba como si fuera un ser de otro planeta. La llevo a mi casa, y mi padre estaba todo engrasado y la miraba raro. Y mi madre con ruleros y mi perro atorrante de raza perro. Cuatro años salimos y al final se acostumbró a mi casa de barrio de clase trabajadora. Hace unos años me enteré que mi madre seguía viéndola después que cortamos porque llegó a quererla como a una hija. Al final dejó de estudiar y se hizo empresaria. Era moda ser comunista en Humanidades. Todos eran marxistas. O anarcos. Pero nadie laburaba. Un día vamos con la Santiago Papillon a repartir panfletos a una fábrica. Los obreros entraban dormidos y alienados y nosotros hablándoles de revolución. Ellos querían aumento de sueldo. No querían a pavotes.
Tengo una biblioteca detrás de las bibliotecas donde guardo libros bolches. Ahí están los de Cortázar, Joyce, revistas Fierro y toda la estupidez de los panfletos en carpetas.
Hay libros que uno no lee y los apila y juntan mugre. No todo lo que uno tiene se lee. Hubo un tiempo que compraba muchísimo. Y los apilaba. Veía un libro y lo compraba. Gastaba fortunas. Quería tener libros. Cuando me di cuenta tenía miles que estaban esperando ser leídos. Eso le pasa a todo lector, compra mucho y muchas veces libros que son porquería.
Julio Verne me apasiona y leí ochenta libros de él. Los vuelvo a leer cada tanto. Son mis libros preferidos. Tengo de Alejandro Dumas todo. Pero no los leí a todos. El Conde de Montecristo es mi preferido. Me leí la traducción completa de 1200 páginas en un mes. Después tengo la obra completa de Chase. Y leí unos veinte. Y tengo ediciones muy antiguas de Tarzán, de cuando eran folletines. La historieta nacional me apasiona. Tengo todo Columba. Unas quinientas revista en cajas y folios. Oesterheld tengo Horas Cero originales y El Eternauta todas las ediciones desde que salió. Y me gusta Anteojito. Tengo miles. Y Solo Futbol, todo ordenado. Y la Enciclopedia Británica, cincuenta tomos en inglés.
Y marxismo, tengo todo lo que hay que tener. Leo mucho marxismo, porque me gusta y me interesa para aplicarlo a otras lecturas.
Pero empecé hablando de los psicobolches y no quiero irme de tema. Los bolches están en todas partes. Siempre los vas a reconocer por su vocabulario difícil y rebuscado. En pleno siglo 21 se modenizaron pero todavía hay. No me gusta la gente de pelo largo o barbudos. Me hacen recordar a los bolches de facultad. No creamos que porque un tipo anda con pelito largo y con barbita es piola. Hay muchos fachos que visten así.
La vida son libros, pero hay libros que son de la clase obrera y que un intelectual nunca va a apreciar como una gran obra. A no ser que ese libro sea parte del canon literario.
Fabián Ariel Gemelotti
No hay comentarios.:
Publicar un comentario