lunes, 4 de marzo de 2019

Amo los libros

AMO A LOS LIBROS

(Segunda parte)

(Por: Fabián Ariel Gemelotti)

Muchos no me creen que tengo más de cinco mil libros. Y un comentario sobre la primera parte me da pie para esta segunda parte de esta crónica sobre libros. Soy pésimo en matemáticas y mediciones. De primero a quinto año me llevé matemáticas, con un glorioso uno en cada año. En primer año la profesora me odiaba. Y me mandó a marzo. Pero me preparé y saqué un glorioso 4 y aprobé. En tercer año tuve a un profesor que era ingeniero. Y me quería adoctrinar sobre las virtudes de las matemáticas. Era ese tipo de docente que piensa que si a uno no le gusta su materia es una tragedia mundial. Y yo odiaba matemáticas. Y cometía el error de decirlo públicamente. Me mandó a marzo y en marzo me bochó con un cero glorioso. Hice un cuadrito con ese cero y lo tengo colgado al lado de cursos de Historia y Antropología. En julio aprobé porque la hija de la directora (la directora de la Dante me amaba, era una señora de ochenta años que amaba a los libros y me hice amigo de ella y hablábamos mucho de la novela policial) me puso un cinco. No sabía nada, pero ese cinco fue un regalo de la directora. En quinto me la llevé a diciembre. Pero como tenía diez en todo menos en matemáticas que saqué un uno, en física un dos y en química un cuatro, me dieron el visto bueno para aprobar las tres. Eran los beneficios de ser lector. La directora me dijo: "lo voy a extrañar pese a que tiene pésima conducta". Y era verdad, mi conducta no era la adecuada para un colegio privado caro. Pero siempre llevo en el corazón a la Dante. Me marcó como lector. Es un colegio que siempre voy a hablar bien. Es el mejor de Rosario. En el Superior y el Politécnico iban los alcahuetes. La Dante tiene aguante, e iban y van las chicas más bellas. De ahí salieron grandes médicos, abogados y grandes personas. Yo soy el único que rompió las reglas: no soy nadie importante. Y nunca seré recordado. Mis escritos pasarán al olvido. Pero eso no importa, sigo escribiendo igual.
Mi amor por los libros comenzó de muy chico. Mi abuela era muy lectora. Iba a su casa y leía de su biblioteca libros románticos y clásicos del siglo 16. Y un día descubro en su biblioteca El árabe, una novela que me fascinó. Y después leí El hijo del árabe. Son dos libros que amo mucho. Y un día descubro una librería de viejo en Mendoza al 4400. El dueño era un judío llamado Ariel. Una librería polvorienta, con miles de libros apilados en estantes sucios y viejos. Ahí iba tres veces por semana y compraba de todo. El hijo de Ariel era un joven estudiante de Antropología. Y me orientaba. Ahí compré muchos libros de crónicas y mucha novela policial, esas ediciones de tapa marrón que Borges y Adolfo Bioy Casares seleccionaban y que a partir de los años cuarenta posibilitaron que el policial negro sea leído en el país. Hablo de El séptimo círculo, con ese diseño de tapa único diseñado por José Bonomi. Me los leía de un tirón. Y todavía los tengo guardados en mi biblioteca.
Hay dos libros que me marcaron mucho en esos tiempos, Corazón y Juvenilia. El primero es un gran libro que siempre rescato, porque Edmondo de Amicis logra entretener, algo que no cualquier escritor lo logra. Un libro que no entretiene es un mal libro. Borges siempre lo decía. Esa crónica de una escuela de la Italia del siglo 19 es una forma de aproximarse desde la Literatura a la cuestión de clase. Pobres y ricos mezclados y sus sufrimientos e imposibilidades económicas. El hijo del ferroviario analfabeto. El chico que muere por falta de comida. Es un libro que todos deberían leer. Y Juvenilia. Es un gran pero gran libro. Muy bien escrito. En esa obra vemos la formación intelectual de la oligarquía culta de fines del siglo 19. Libro muy entretenido.
Y el cine, mi otra gran pasión. Rosario no era la Rosario chata en que se ha transformado en los últimos veinte años. Era otra ciudad, con miles de cines. Y miles de bares para hacer un café y hablar y hablar horas y horas. Ahora hay dos o tres bares para café. Nadie habla en un bar. Comen apresurados y se van. Ya nadie se detiene un rato a pasar el tiempo pensando o hablando o leyendo una novela. ¡Se lee tan poco!!!! El cine es otra aventura muy ligada a la lectura, porque el cine tiene esa magia que te hace soñar despierto y por un ratito sentirte el héroe de la aventura. El cine Lumiere y el cine de la Perpetuo Socorro eran momentos de aventuras. Uno iba con dos mangos con la novia del barrio y miraba esos filmes donde la cinta se cortaba o estaba toda rayada. Pero era cine del mejor. Década del ochenta. Década de la Buena medida y El Cairo de café con leche en tazones grandes y azúcar en cubito. Época del bar de los japoneses en Echesortu. Y del carrito de hamburguesa en las Cuatro Plazas de Zona Oeste. Época del bar enfrente de la estación de trenes de Zona Oeste, donde hay una plaza hermosa que en otoño se llena de hojas secas y donde se puede respirar naturaleza en una zona muy bella de Rosario. Época del cine Diana en la Mandarina. Época del Radar y esas colas de dos cuadras para ver Rambo uno. Época del Imperial y el Palace. Época del cine Echesortu y el Heraldo. El Gran Rex y su sala tan bella. Todo eso se perdió para siempre. Rosario ahora es horrible. Y no me canso de decirlo. Yo viví otra ciudad donde la gente hablaba y era solidaria. Ahora es pochoclera. No le busco las razones. Es así y punto. El cine me conectaba con los libros, porque el cine te lleva a leer. Las películas venían subtituladas y uno debía leer abajo. Y no había internet. Tenías que recurrir a la lectura de libros para informarte sobre actores y directores.
La Facultad y los libros. Uno leía por obligación. Para aprobar materias. Pero había grupos de debate. Y se leía mucho marxismo y mucho Psicoanálisis. Uno descubría a Freud y se enamoraba de sus libros. Y después te metían a Lacan y odiabas a Freud. Y a los treinta volvías a Freud y te volvías a enamorar, porque sus escritos son lo mejor de lo mejor. Tienen impronta y estilo.
Y un día llega Borges a mi vida. Llega como llega todo libro de culto, llega solito y sin que me de cuenta me enamoro de Borges. Su estilo donde la literatura clásica juega con lo simple, donde se inventan autores para reírse de los académicos. Amo a Borges. Amo sus libros.
Mi viejo obrero ferroviario compraba las historietas de la palomita. Ahí descubrí a Nippur y a Pepe Sánchez. Me fascinaban los dibujos de Lucho Olivera y de Mulko. Y odiaba a Mafalda. Yo era de Nippur y de Dago y de Savarese. Ese policial dibujado por Mandrafina y con guión de Robin Hood. Amaba y amo Editorial Columba. Amo a Savarese, ese joven de clase baja que se hace policía y combate al crimen organizado. En 2012 lo veo a Mandrafina en la Convención de Historietas de Rosario y yo estaba con el Maxi. Y le digo: "maestro por favor un dibujo para el nene, usted es mi ídolo". Y nos dibujó una mujer. Lo tengo colgado de la pared al dibujo. El Maxi, en 2012 tenía 15 años y me dice: "¡qué buen dibujo!, pero ahora vamos a ver al dibujante de Batman que está al otro lado". Y es otra generación. Amo a Batman. Pero soy un fanático de Columba. Mi papá de joven era fanático de Carlos Vogt, ese dibujante que hizo con Robin Hood Mi novia y yo. Siempre me dice: "ese tipo era el mejor de Columba". Repito, yo odiaba y odio a Mafalda. Es lo peor de lo peor. Nunca me gustó Fierro tampoco. Yo soy de Columba. Soy de Dennis Martín. Soy de Intervalo, de D'Artagnan y de Nippur Súper Color.
Libros, la vida está poblada de libros. Somos un libro en el estante. Sin libros no somos personas.
Me apresuro a darle fin a este escrito, porque tengo mucho que leer. Y leer es mucho más placentero que escribir.
Son un escritor de escritura apresurada. Más que escritor soy lector.

Fabián Ariel Gemelotti

No hay comentarios.:

Publicar un comentario