La felicidad
(f.a.g.)
La felicidad existe y también existe la amargura. Un amigo se sorprendió el otro día porque no tengo TV ni radio. Me dice asombrado: "¿no tenés TV?", "No, tampoco radio. Ya no miro noticieros ni programas políticos hace miles de años ni me interesa el fútbol más", "pero vos sos fanático de Newell's", "no miro más fútbol ni me interesa para nada". Los amigos no pueden entender que no me interese el fútbol, porque fui a la cancha toda mi vida desde los dos años. No me interesa hablar de fútbol, me aburre hace años. Puedo leer y escribir sobre fútbol de antes, pero no miro partidos. No peleo por fútbol ni por política mediática ni me interesa lo que pasa. Trato de ser feliz en mi soledad. Y funciona.
Cuando arreglé mi casa hace tiempo tiré la TV al volquete y tiré dos radios y miles de cosas. No necesito una TV, me ocupa lugar.
Otro amigo me dice con rostro socarrón: "¿y cómo hacés para ver cine?" No le dije nada, no tiene sentido entrar en una charla por algo tan simple. He visto todo el cine clásico y moderno. Consumo cine desde los cinco años. Y fui al Madre Cabrini toda mi vida y vi todo lo que hay que ver. Y para repasar veo cine por internet. Mi padre ama el cine y siempre fue al cine. Está preocupado porque no abren los cines. Es su diversión y el virus le quitó su pasatiempo favorito. El virus nos mata poco a poco y pensamos que estamos en el camino correcto. ¿Es normal que no haya cines ni se pueda viajar? No lo es. Pero hay un virus, una ficción que es más real que cualquier otra ficción. No tiene sentido ya a esta altura plantearse las mentiras cotidianas que nos meten desde los medios masivos.
A mi biblioteca la acomodé poniendo todos los libros de Verne y de Cine y de Historieta visibles. Son los más importantes. Después lo otro en otras bibliotecas no visibles a los ojos de quien entra. Una biblioteca es algo personal, formada por gustos personales. No me interesan comentarios ni compartir libros con nadie. El que quiere leer que vaya y consiga el libro en otra parte. Julio Verne me da diversión y me despeja. No voy a perder el tiempo viendo a Víctor Hugo o el velorio de Menem.
La felicidad es posible. El bienestar también. Cada uno es feliz a su manera y con las posibilidades que tiene a mano. Discutir, debatir, amargarse por política o fútbol no llevan a nada. Es imprudente entrar en debate por pavadas que no hacen a la vida cotidiana de uno.
Hay que ser egoísta para ser feliz. Hay que pensar en la salud de uno y sobre todo en el bienestar familiar. Sin familia no somos nada.
El otro día hablando sobre la pandemia me dice un amigo: "¿qué pensás de la pandemia?", "una gran ficción, sacada de novelas clase Z de ciencia ficción". ¡Para qué dije eso!, mi amigo un fanático de la política se puso rojo y empezó a darme lecciones evangélicas sobre el Estado y el virus. Me hizo recordar un Testigo de Jehová cuando le dije que soy ateo. No entendió lo que quise decir. Entendió todo al revés. Así pasa en la vida cotidiana, todo se mal interpreta y viene ahí el fanatismo y la agresión y ese deseo imaginario de creer que se está en una verdad revelada por el Supremo.
Todo el mundo vive pendiente de la vida y el pensamiento del Otro y la moral trata de aniquilar al que piensa diferente. No tiene sentido discutir, nunca se llega a nada. La vida pasa por otro lado. Hoy estamos y mañana nos morimos y la vida sigue sin nosotros. ¿Para qué hacerse mala sangre?
La vida es hermosa y tiene muchas cosas bellas: leer una novela de Verne, hacer el amor, comer, caminar y dormir y defecar son placeres que tienen un valor muy grande.
Y es así. Tratemos de ser felices a nuestra manera y que lo que pasa por la pantalla de la TV no se convierta en nuestra "realidad".
Fabián Ariel Gemelotti
(14/02/2021)
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