Las maquinitas de los ochenta
(Cuarta parte)
(Por: Fabián Ariel Gemelotti)
Si tendría que elegir a tres escritores argentinos que admiro y dar mi alma para escribir como ellos, eligiría al Turco Asis y a Osvaldo Lamborghini y a Sarmiento. Estilos ácidos y que me llegan. Los ochenta se marcan en Literatura con esa gran novela que es Flores robadas en los jardines de Quilmes, donde el sexo y el nihilismo y el cuestionamiento a una militancia inútil juegan un papel importante en el cambio de década. Después vendrán el Turco menemista, un Turco que siempre me gustó en sus disparatados (pero tan profundos) análisis de la realidad. Después vendrá un Turco crítico de Kristina, un ácido como ninguno cuando todo el Peronismo era kirchnerista o se acercaba a la derecha gorila. Me divertía el Turco, porque el Turco supo darle un toque de frescura a los mediocres que jugaban de amigos del poder. Un nihilista más cercano a Foucault que a un David Hume de la democracia burguesa. Y los jueguitos de videos tienen mucho que ver con la Literatura. A los cinco años lo llevaba al Maxi a jugar a las maquinitas. Y nunca me pudo ganar al futbol. Pasaron los años y no podía. Pero en la computadora nunca pude vencerlo. Yo soy de la generación de las maquinitas. Y el nene (que ya no es un niño) de la generación de las computadoras y el tatuaje y los celulares ultra modernos. Los jueguitos fueron nuestros, y por esa cosa que es la transformación del tiempo pasaron al olvido. El tiempo, esa cosa terrible que sufrimos todos y no podemos detener, es cruel con nosotros; porque el tiempo no es solamente las arrugas de la piel o los dientes manchados o el desgaste físico, el paso del tiempo también es "el olvido" de las diversiones que nos transformaron en la persona que somos. En los ochenta las maquinitas marcó a una generación entera, que gracias a esas salas de juegos pudo transformar su impronta generacional en algo potable. Si los setenta fueron la década del fusil y la militancia, los ochenta fueron la década del nihilismo y la decadencia de la sobra del setenta. De Tosco y Montoneros y El Padrino pasamos a Sumo y a Reto al destino y a Carpenter. Si una década fue muy política, otra década fue más retro o vintage. Como decía Faucault: "cada época produce la forma en que piensan las personas". No somos libres, somos sujetos que reproducimos discursos que circulan en la sociedad. Lo discursivo no está solamente en los medios, el discurso que producimos es más profundo, porque parte de la familia y del sistema educativo y de la Iglesia. Pero ese es tema para otro ensayo, no para este. Los ochenta fueron una década hermosa, porque esa juventud pudo experimentar una "libertad" pocas veces vivida en el país. Como diría Lamborghini: "todo me chupaba la pija". En los ochenta aparecen los pantalones rotos y el arito y las remeras ajustadas negras y las gafas negras. Uno iba a Sacoa y se prendía a un flipper y se jugaba la vida. El pantalón roto lo imponen esas modas del rock bando de Los Abuelos y el Sumo alcohólico y degenerado. Ya Charly estaba envejeciendo y Pescado Rabioso era un olvido. Surgía Ataque 77 y Los ratones. Eran los ochenta que ingresaban a los noventa menemistas. Un Menem cogedor, provocador y cagador que entregó al país con una sonrisa falsa.
Las maquinitas de vídeos son un invento bien yanqui. Llegan al país en los sesenta, pero la juventud de los sesenta pensaba en hacer "la revolución" en un país con 4% de pobres. Entonces esas maquinitas no funcionaron. En los setenta después de López Rega y la pobreza que empezaba a cristalizar en la Argentina y los pibes militantes asesinados por la Triple A, las maquinitas empezaban a funcionar como algo alienante para tapar el genocidio de estado. De ser un instrumento para tapar el saqueo del país pasó a ser un ícono generacional. Recuerdo que el Avenue era un lugar donde podías hablar con con ex militantes de Montoneros. Había un flaco alto que era un experto al flipper y que había estado preso durante la dictadura. Como en El beso de la mujer araña, ese flaco te contaba cada noche un filme de los setenta. Gracias a él pude conocer a directores de cine setentistas. Montoneros era una triste realidad en los ochenta. La mayoría desaparecidos o asesinados. Quedaban vivos los buchones de la dictadura o los que lograron escapar o los más jóvenes, como este flaco que era un Peroncho muy pibe en los setenta. Los flipper del Avenue eran viejos y polvorientos. Algunos te comían la ficha y con una patada hacías funcionar la maquinita.
El tiempo es muy cruel y no perdona. Sarmiento hablaba del tiempo y supo atraparlo y volcarlo en su obra literaria. Una ex novia hace dos meses (cuando todo era felicidad y caricias y amor) me dijo: "yo siempre me cuido, nunca voy a envejecer". Tiene 24 años, o sea, va camino al envejecimiento. El tiempo es cruel, y nadie puede detenerlo.
Fabián Ariel Gemelotti
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