lunes, 7 de enero de 2019

Hay salida

(Por: Fabián Ariel Gemelotti)

Estamos atrapados en nuestros propios miedos.

Como en el cuento de Kafka donde un hombre para atravesar una puerta tiene una espera interminable y al final no ingresa por miedo, nosotros también tenemos miedo/s que nos impiden traspasar esa puerta. Kafka relata su cuento desde esa imposibilidad del ser humano de transgredir sus propios límites, y esos límites los pone el miedo a la felicidad. Ese cuento angustiante, como toda la obra de Kafka, es una gran metáfora de nuestros miedos.
En la Argentina hay miedos (en plural) que nos invaden el ánimo, miedos que carcomen nuestra alma y no nos dejan avanzar hacia un país libre y soberano. La Argentina es un país que agoniza, y no nos damos cuenta. Agoniza por ese miedo que nos metieron adentro de nuestros cerebros desde los medios masivos y desde los prejuicios triviales. Tenemos miedo a la inseguridad, miedo a la pobreza y miedo a la soledad. El Argentino tiene miedo a no ser amado. Un amor universal que nos abrace y nos de protección de nuestras frustraciones cotidianas. Tenemos terrores, y los negamos. En Argentina todo se niega: la pobreza y las frustraciones. "Somos perfectos", nos metieron esa frase en la cabeza desde siempre.
El argentino odia por odiar muchas veces. La clase media odia al villero, lo odia porque piensa que el villero es un chorro y le va a arrebatar "el esfuerzo personal de su trabajo". El villero odia a la clase media, porque piensa que "la clase media es una privilegiada". Pero el odio del pobre estructural tiene un justificativo: el hambre. Y el rico sabe que ese odio lo beneficia, porque se pelean entre "esclavos". El miedo funciona bien, porque por miedo se es sumiso a un gobierno que te aplasta día a día y te ajusta y no te deja respirar. Hay miedos de perder las pocas conquistas sociales que nos quedan, y esos miedos nos hacen protegerlas con la pasividad del personaje de Kafka: hay miedos de traspasar la puerta de la liberación nacional. El esclavo tiene miedo que su amo lo golpee con el látigo si se rebela, porque el amo domina con miedo. El esclavo africano en Estados Unidos vivía amenazado por su amo de ser separado de sus hijos si se escapaba. Y en un momento dado el amo no necesitó más del látigo, porque el miedo hizo sumiso al esclavo.
Muchos en 2015 se quejaban de los subsidios al gas, al agua y al transporte. Decían que "se estaba subsidiando la delincuencia", y ese odio al pobre estructural fue un voto para Macri. Cambiemos gana por el odio de mucha gente "al reparto de planes sociales y jubilaciones". Nadie pensó, en su mente alienada por el odio, que todos estábamos subsidiados en los impuestos: el kioskero, el comerciante, el empleado público y el trabajador independiente. Pero no, le metieron al pueblo argentino en la cabeza que "el pobre era el único subsidiado". Esa envidia que nace de las frustraciones personales hacia la zapatilla de marca o el celular caro del pobre, esa envidia nace del odio al que consideramos inferior a nuestro estatus de vida. Es una envidia de casta, más que de clase, porque la clase media pertenece a la misma clase social que el que vive en cuatro chapas. De clase media se puede descender a muy pobre, y raramente a muy rico. La clase media siempre fue manipulada por sus odios y miedos. Es fácil escuchar: "dos drogones me robaron", como si la droga fuera un patrimonio exclusivo del "pobre que vive en la precariedad". La clase media consume mucha más droga que los llamados pobres. La marihuana y la cocaína es parte de los placeres de la clase media, aunque siempre fue negada por vergüenza y por miedo al qué dirán. ¿Quién no se fumó un porro alguna vez o aspiró cocaína? ¿Está mal o está bien? No es una cuestión moral, pasa por otro lado, por el lado de los placeres. Y para muchos ese es un placer prohibido, y como todo lo que se prohíbe genera miedo y transgresión. La clase media se sentía molesta que "el negro de la esquina se vaya a Europa", y nadie pensaba que todos tienen derecho de viajar. La clase media pide mano dura a los menores, pero cuando a sus hijos de 15 años los maltrata la policía a la salida de un boliche dicen "es un niño y lo maltrataron". Los chicos de 15 años que viven en villas de emergencia también son niños a los 15 años.
A la clase media siempre le molestó el reparto a los de abajo, porque piensa que en la vida "todo es esfuerzo personal", como si alguien elegiría ser pobre "por vago o por falta de inteligencia". Nadie elige ser pobre, y ningún niño nace delincuente y ninguna mujer nace prostituta. Y ningún hombre nace violador o golpeador de mujeres. La clase media vive en el miedo constante a todo.
Es obligación del Estado generar riquezas y repartirlas a todos por igual. Es obligación del Estado tener Ferrocarriles y subsidiar impuestos y dar jubilaciones y garantizar el derecho a la educación pública. Un Estado debe proteger a sus ciudadanos ante el robo sistemático de las potencias extranjeras. Un Estado debe generar trabajo y darle a una chica joven la posibilidad de estudiar y trabajar, y no empujarla a la prostitución y a la falta de recursos. Un Estado debe construir viviendas sociales, debe dar crédito a bajos intereses, y debe sobre todo garantizar los derechos constitucionales en la población.
Todos los asalariados somos iguales, desde el portero de edificio pasando por el maestro y el trabajador de la justicia hasta el el trabajador independiente. Todos vivimos de un salario y podemos descender al hambre si el Estado no nos garantiza paritarias libres y derechos laborales.
El país se hunde y nos están llevando a la muerte. Seamos conscientes que si nos unimos todos los asalariados podemos por lo menos derrocar nuestros miedos interiores y tener una posibilidad de franquear la puerta protegida por el Guardián kafkiano.
No seamos necios, y no sigamos negando el saqueo y el ajuste sistemático de las clases dominantes.
Que Argentina sea pronto nuevamente un país soberano y de reparto de sus riquezas a todos por igual.

Fabián Ariel Gemelotti 

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