martes, 10 de noviembre de 2020

Alberto

Alberto y la clase media piojosa y el lumpenaje intelectual

(f a.g.)

Que Alberto no me gusta no me lo quita nadie y lo digo sin miedo. Aunque siempre da miedo hablar de Alberto, no sea que algún boludo agresivo te moleste y te agreda por privado. Pero los boludos que más miedo me dan son los que interpretan mal un texto, por ignorantes o por chicaneros. Pero en un país con una clase media piojosa y culo roto es muy difícil gobernar. Una clase media que en 2008 apoyó al campo y le dío su apoyo al macrismo en 2015 y en 2017, y después cuando se cagó de hambre (la clase media baja se cagó de hambre con el macrismo más allá de los buenos celulares y la chata y algún viaje a Mar del Plata) desesperada depositó sus esperanzas electorales en un candidato reciclado entre el radicalismo alfonsinista y el menemismo y un Kirchnerismo reciclado con la Socialdemocracia. En 2015 se produce el quiebre del Kirchnerismo, el Manco no tuvo apoyo de los sectores del lumpenaje intelectual ni del sindicalismo moyanista. Moyano apoyó a Cambiemos y junto a Macri cantaron la marcha Peronista. En definitiva Macri fue un Peronista ese día cuando inaguraron el busto de Perón en un barrio porteño.
Lumpenaje intelectual: el pelotudo intelectual que nunca madrugó, nunca trabajó y es Peronista porque queda lindo ser Peronista. Si nunca fue laburante entonces no sabe lo que es vivir de un salario y pelear una recomposición. Esa la definición.
Clase media baja: el muerto de hambre que se compra el celular pituco y apoya la propiedad  privada pero no tiene propiedad. O sea, apoya al campo pero riega las macetas del patio con una escupidera.
De definiciones vivimos, pero se vive de salarios. En 2018 la deuda con el FMI fue la bomba que detonó y mató todo. Las consecuencias de esa bomba son la pobreza del presente. Encima todo recargado con un Gobierno que no le hace frente a los Bancos ni a la oligarquía agraria. El impuesto a las grandes fortunas es una histeria discursiva, mientras tanto un jubilado gana veinte mil pesos y se caga de hambre. La clase media también sufre hambre, pero nunca lo dice. Total la mortadela nocturna y el mate aguado lo tapan las paredes despintadas. Nadie ve el estómago mal alimentado. Mientras tanto no hay para el auto, ni para cambiar el celular. La tarjeta Naranja ya venció y se deben cinco meses. La Visa de Bancos privados no es para la clase media baja.
Pero la clase acomodada, esa clase que gusta de Europa y desprecia al negro tostado y usa desodorante de trescientos pesos, ahora se compra el desodorante de cien pesos y de un vino de mil bajó al de doscientos. De esta clase reciclada entre alfonsinista, menemista, kirchnerista o Peronista (todo según la moda mediática) ahora duda entre Alberto o la vuelta de Macri. Fue macrista y lloró también por el submarino perdido.  Es sentimental, mira muchas series de TV.
Pero de un país de chantas, comerciantes que no quieren cuarentena, negros sobaqueros que odian al negro africano y rubias histéricas que cogen poco, es difícil gobernar. Acá la clase media quiere tomar la lancha y tostar sus culos y sus rostros de dientes con sarro. Todo sea por las apariencias. De eso no se salvan ni el lumpenaje que dice ser nacional y popular.
Pero lo peor de la clase media es que mira a Lanata. Y desayuna con La Capital de Rosario. Pero también mira C5N. En definitiva, es clase media chupa chota.
Chau, me voy al gimnasio. Y después a correr. Todo sea por no usar barbijo.
Posdata: la hija de un amigo se saca el barbijo cuando va a tomar la leche a casa.

Fabián Ariel Gemelotti
(Martes 10 de noviembre de 2020, siete y cuarenta de la tarde/noche)

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