sábado, 12 de octubre de 2019

Rambo

Rambo, la muerte santifica la vida
(Crítica de cine)

(Por: Fabián Ariel Gemelotti)

Stallone es como la Coca Cola y el Marlboro, sé que es ideología pos yanqui, pero no me importa e igualmente amo su cine. La Coca tiene su libro de culto: Dios, patria y Coca Cola; y Marlboro su diseño muy particular, inigualable. Rambo tiene esa cosa que te llega, y que te reactivan los nervios: el odio, la venganza y las ansias de las peleas callejeras. Cuando vi Rambo por primera vez era un adolescente. Una hora de cola en el cine Radar, completo. Era noviembre de 1983, creo. Salí muy bien del cine, porque eso sí es cine del bueno. El cine de súper acción tiene algo que no tiene otro cine. El cine de terror, el cual amo, puede no gustar, y puede ser denotado, pero los intelectuales cara de verga aman ese cine, y se mezclan con el pueblo inculto para adorar El terror. Al cine de guerra todos los aman y le rinden culto. Al policial lo aman hasta los mugrientos hippies y los bolches de El Cairo. Pero con el cine de acción pasa algo muy raro: es un cine del pochoclo y del negraje, y los intelectuales lo odian. El intelectual te habla de Fellini y  del cine italiano y del cine independiente norteamericano. Pero el intelectual no habla de Rambo, ni de músculos ni de piñas ni de violencia. O sea, el intelectual es un pito blando un poco afeminado defensor del feminismo estúpido siglo 21. Rambo es, como todo cine de músculos, un cine de hombres. Los hombres tenemos algo muy particular con el cine: es el refugio a la soledad masculina y el refugio a la violencia del macho. Eso es suficiente para amar el cine de cuchillos, golpes y petardos.
En Rambo 5 la acción es dura y hay una violencia muy definida: matar es la única solución a la vida. Sin muerte no hay existencia. Matamos para olvidar el pasado, matamos porque estamos cansados del atropello de los pelotudos. En Rambo 5 hay narcos, traficantes de putas y policías corruptos. Pero a diferencia del policial negro, no hay un tejo de salvar al mundo o una moral de la melancolía. En Rambo está presente el individualismo más burgués de todos: yo mato por los míos. Mi familia está sobre todas las cosas. Hay un discurso pos era neoliberal, pero un discurso de la contracultura de la derecha. Como la izquierda tuvo su contracultura en los mugrientos hippies y la modernidad en el tatuaje (ahora se tatúan hasta las viejas. Ya da asco el tatuaje), la derecha de mercado tiene su contracultura también.
El tipo es un viejo, ya no es el joven perseguido por policías gordos y pueblerinos cara de pajeros. Ahora Rambo es un viejo choto, pero con músculos. Vive como un terrateniente en un rancho, con una sobrina y con una vieja como él. No hay sexo en el filme. Nunca se vio una teta en el cine de Rambo. Los narcos mexicanos tienen una red de tratas de blancas. La sobrina cae en esa red. Rambo viaja a un pueblo mexicano fronterizo. Y ahí empieza la acción. Pero no termina ahí y se traslada la gran acción a los Estados Unidos. Rambo prepara su rancho para el ataque narco. Y bueno, hay muerte y muerte y más muerte y sangre y violencia y un viejo más viejo que la concha de su madre. El viejo contra la juventud marco. El viejo derechozo y solitario se despacha a todos.
Y colorín colorado que los psicobolches nos tiren la goma a los que amamos el cine de acción.

Fabián Ariel Gemelotti

(Sábado 12 de octubre de 2019)

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