sábado, 2 de febrero de 2019

Pen

La pendeja (Quinto relato)

(Del libro: RELATOS DE CHORIPANES Y PEDOS CON OLOR A GUISO BARATO; Ediciones Mundo Espacial; 2016)

(Por: Fabián Ariel Gemelotti)

A todos los hombres al pasar los cuarenta años nos empiezan a gustar las pendejas, no porque nos veamos viejos a esa edad, sino porque la carne joven nos llama. Una pendeja te da felicidad, porque la carne suave crea esa ternura que todo hombre necesita de la mujer. Uno ya cuando crece no quiere tetas caídas o ver piel reseca o escuchar traumas de la mujer madura. Uno ya empieza a dejar de ser hijo y se transforma en padre de la mujer. Uno quiere tener a su lado un cabello fresco, unas tetas firmes, y que ya nadie te discuta pavadas en una mesa de un bar. Entonces el hombre maduro se busca una pendeja. Siempre fue así, y siempre lo será: uno se hace viejo y descarta lo viejo y lo reemplaza por lo joven. Mi primer amor joven fue a los 34 años. Yo estaba en pareja con una mujer 15 años mayor. Era muy linda, pero ya estaba envejeciendo; aunque la amaba ya estaba perdiendo ese cariño por lo maternal. En ese entonces iba seguido a la villa a militar, llevaba comida y daba clases de Historia a jóvenes de la villa que estábamos preparando para la militancia Peronista. Me iba con mi moto tres veces por semana, y repartía mi tiempo libre en esa juventud pobre y desclasada. Me gustaba mucho lo que hacía, porque amaba la militancia política. Y había una chica de 18 años en ese grupo de jóvenes que eran mis alumnos, una chica pobre y muy despierta intelectualmente. Se llamaba Soledad: negrita, flaquita y de un rostro muy raro, entre melancólico y de una ternura que rosaba los límites de superioridad. Siempre me gustaron las mujeres raras y con aire de superioridad y con cierta tristeza en el rostro. Debe ser porque mi edipo siempre lo tuve más con mi tía que era melancólica que con mi madre que es muy optimista de la vida. Esta chica Soledad me hacía preguntas complejas y me ponía entre nervioso y furioso. Un día me preguntó algo que me sacó: "¿para qué venís acá vos con esa moto cara a perder el tiempo con estos boludos?" No recuerdo mi respuesta, pero desde ese día empezó a cuestionarme todo. Un día la llamo aparte y le pregunto si me tenía bronca y me dice: "chabón vos no sos pobre, nunca pasaste hambre, yo paso hambre y no vengas más acá". Seguí yendo, por supuesto. La chica dejó de ir a mis clases. Un día de lluvia torrencial llegó a la villa y la veo en la puerta de su casa precaria. Yo estaba todo empapado. Me dice que pase y me saco la remera y el pantalón y me quedo en calzoncillos. Ella me mira y me dice: "ahora te seco la ropa y pegate un baño si querés chabón" Me pego un baño en su baño precario y de lluvia de poca agua. Al salir del baño me siento cansado y ella me dice que me acueste si quiero. Me tiro en el colchón viejo de su cuarto con olor a humedad. Me quedo dormido. Al despertar la veo a ella desnuda durmiendo a mi lado. Se da vuelta y me abraza e hicimos el amor de una forma muy salvaje. Después nos fumamos un pucho abrazados en la cama. Desde ese día se convirtió en mi amante. Empezó a ir de vuelta a mis clases y seguía cuestionándome todo. Pero yo ya sabia que lo hacía por rebelde y porque le gustaba hacerme calentar. Su cuerpo era delgado, con tetas firmes y piel obscura y cabello muy largo hasta la cintura. Su rostro de una belleza correntina. Una salvaje en la cama. Una chica ducha para el amor. Había un pibe de 19 años en la villa que estaba enamorado de ella; y se dio cuenta que Soledad se acostaba conmigo. Un día este pibe me encara con una navaja. Yo entro a la villa, me meto por los pasillos solitarios y sale a mi encuentro este pibe con una navaja en la mano. Y me encara de frente: "guacho puto te voy a cortar el cogote, tomatela no te cojas más a la Soledad". Y se me tira encima. Le agarro una mano justo cuando su navaja se metía en mi pecho. Y le pego una patada certera en el estómago. Y cae al suelo. Después lo levanto y lo acomodo sentado sobre una chapa. Me pongo a su lado y le digo: "disculpame Paco, no sabía que vos amabas a Soledad. Hoy mi último día acá. Es toda tuya". Y el pibe me dice: "ella no me quiere. Quédese usted con ella, yo me voy a vivir al Chaco. Extraño a mis viejos". Ese fue mi último día en la villa. Un año enseñando Historia Argentina a chicos, preparándolos para la militancia. Ocho meses con Soledad. Nunca Más volví a la villa. Con Soledad me seguí viendo dos años más. La ayudé a terminar el secundario en una nocturna. Y me puso feliz que empezó a estudiar Historia en Humanidades. La ví hace un tiempo y me contó que estaba en pareja y daba clases de Historia en la Facultad. Chica muy inteligente, muy despierta. Un amor importante en mi vida. No sé si la amé o ella me amó a mí. Pero tuvimos todo el sexo del mundo. Conservo una carta manuscrita de ella que me escribió un día, a los tres meses de estar juntos como amantes: "yo soy pobre pero te quiero a pesar que sé que vos tenés otra mujer que te ama..."
La verdad no sé si me amaban, lo único que sé es que Soledad es parte de los bellos recuerdos del pasado.
Soledad fue mi primer mujer muchísimo más joven que yo... y quizás la amé en esos años de militancia en la villa.

Fabián Ariel Gemelotti

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