viernes, 1 de febrero de 2019

El negro y el champán

El negro y el champán

(por: Fabián Ariel Gemelotti)

En los noventa tuve una novia culo roto (esas minas que ven a la vida con el olor a perfume francés y les molesta el olor a sobaco del negro y del obrero). Estábamos un día en el Abasto, en Capital Federal, tomando algo en un bar coqueto, y se sientan en una mesa cercana a la nuestra un negro con su esposa y sus negritos sobaqueros. Negro digo porque al tostado en Argentina le decimos "negro", ese sector social que siempre está curtido por esa mezcla entre la raza negra (la cual fue eliminada en el país en las guerras patrias) y el blanco pobre que da una cosa que se llama "cabecita negra". El negro tiene su propia idiosincrasia, entre marginal e integrado, y siempre es desconfiado del blanco de clase media burguesa. La clase media blanquita lo mira también con desconfianza, porque al negro en Argentina siempre se lo vinculó con el choreo y la más bruta marginalidad. Se le dice negro al verdulero, al tachero de las terminales, al albañil, al pibe que manguea en la calle, a los trabajadores de limpieza, y a todo aquel que hace la parte sucia del trabajo marginal en el capitalismo. El negro es el esclavo que todos en su inconsciente todavía desean. La chica rubia muy raro que se coja a un negro, y si se lo coge lo hace como una transgresión oculta ("me cogí al negrito que la tenía larga"); pero el blanquito sí desea a la negrita, y si puede se la coge. Todo es cuestión de transgredir los límites de clase en una sociedad regida por la moral burguesa. Pero volviendo a ese día en el Abasto, la familia de negros llaman a la moza y piden un champán y canapé. Eran las once de la mañana, y la moza (una rubia muy linda, que seguramente era estudiante universitaria) lo mira al tipo negro y le dice: "es temprano para champán". El negro mete la mano en el bolsillo y saca un fajo de dólares y le da cien a la moza y le dice que traiga el mejor champán y canapé y mortadela y milanesa y escarbadientes. La chica se va entre preocupada y contenta. La piba no podía entender que un negro tenga tantos dólares y a su vez no entendía eso del champán y la mortadela. Mi novia dice: "estos negros de mierda nos están invadiendo". Yo me río y sigo mirando a la familia de negros. El negro se saca las zapatillas y las medias y se rasca los pies y la esposa mientras tanto se acomoda las tetas. Era una negra muy bella, de unos cuarenta años y tenía tetas nuevas. Los negritos jugaban en el suelo con autitos importados. Eran los tiempos de Menem y todo era de Estados Unidos, pero fabricado en China. La moza viene al rato con una bandeja, y deja el champán y los canapés y platitos con mortadela y milanesa y aceitunas y papas fritas. El negro le sirve una copa a la esposa y agarra la botella y empieza a beber del pico. Los hijos jugaban en el suelo y no comían nada. Estaban fascinados con sus autitos chinos. La pareja en cinco minutos se comen todo. Y el negro abraza a la negra y le da un beso en los labios. Y se queda luego reposando como si fuera un animal salvaje. La moza los miraba de una esquina, y el negro la miraba también. Le pide la cuenta con la mano y la moza al rato regresa. Le da el cambio de los cien dólares y le dice que son 40 pesos, el tipo paga y le deja diez de propina. El negro se levanta y al pasar por la mesa que estábamos con mi novia se manda un eructo muy bello, esos donde el olor a mortadela invade el ambiente. La negra se caga de risa. Los crios atrás de los padres se van como si nada. Mi novia me mira y me dice: "negro sucio, y vos no dijiste nada. Me faltó el respeto". Yo le digo: "no es nada, todos eructamos al terminar de comer. "Pero en el baño", me dice Vanina. Yo me cagaba de risa adentro mío. Mi novia era culo roto, criada con todas las comodidades, esas minas que cuando suben al colectivo te miran con asco y que piensan que son superiores porque tienen ojos celestes y pelo rubio.
Hace unos días la ví a Vanina. Yo estaba sentado en un bar de calle Corrientes en Capital. Ella pasa por el bar y me ve por el ventanal. Entra y me dice: "hace más de veinte años que no nos vemos". La miro extrañado, porque tenía frente a mí a una mujer gorda y no muy bella (hace veinte años era flaquita y muy hermosa). Le digo que se siente. Pide un café con edulcorante. Y le pregunto sobre su vida. Y me dice que tiene dos hijos. Y me muestra las fotos: dos negritos de ojos celestes. Y me dice que se casó al poco tiempo de haberme dejado (casi siempre las mujeres me dejan, y eso me gusta porque me quita la culpa de dejarlas) Se casó con un industrial. Me muestra la foto y el tipo es un negro rústico atlético y de rostro de malo. Hablamos un rato y le doy un beso en la frente y se va. No le pedí el celular ni ella tampoco me lo pidió a mí. Yo a esta altura de mi vida busco mujeres jóvenes y flacas. Y ella la verdad nunca me quiso. Fue una relación que olvidé rápido.
Es así la vida. Vida de negros.

Fabián Ariel Gemelotti

No hay comentarios.:

Publicar un comentario