LA GRAN AGONIA DEL CINE ARGENTINO (POR: FABIÁN ARIEL GEMELOTTI)
El cine Argentino siempre cometió el pecado de no mostrar los dientes en sus producciones. Es una agonía que peca de defectos propios y ajenos. Si bien hay grandes producciones nacionales, como ser: La Guerra Gaucha; La Patota; La Mary; Al maestro con cariño; No habrá más penas ni olvidos; Tiempos de revancha y El arreglo, entre otras... el cine nacional siempre ha dejado huecos insalvables. Muchos dicen que es por dinero(falta de productores adinerados o multinacionales fílmicas que aporten millones para grandes producciones), pero creo que la cosa pasa por otro lado. El cine nacional no tiene el juego mordaz que sí lo tiene el cine norteamericano, siempre ácido y sin moral para mostrar a personajes descarnados y muy reales. Películas como Expreso de medianoche o Después de hora nunca se podrían haber filmado en Argentina. Esos filmes rompen con modelos de apropiación y deseo. Son filmes donde la construcción del personaje juega fuera de los parámetros del director. Lo salvaje y la falta de una ética burguesa en el personaje principal de Expreso de medianoche es un logro para el cine. Un logro que se logra dándole libertad a la imagen y al movimiento del actor.
Pongamos como ejemplo un filme clásico de Estados Unidos: Nueve semanas y media. El personaje juega con el sexo y con el deseo. El espectador sale del cine convencido de la soledad del personaje, y hace propia esa vida y la transforma en una vida para imitar. Eso también pasa en los filmes de Carpenter donde el terror se transforma en algo que cuestiona la propia vida del espectador.
El cine nacional nunca logra ese impacto, porque sus actores no salen del cine, salen del teatro. Y el teatro no es cine. En Estados Unidos un actor se forma en escuelas de cine. En Argentina pasa primero por el teatro y de ahí pasa al cine. Y eso se ve cuando actúa.
Deadpool de la multinacional Marvel logra plasmar todo lo que es y significa saber filmar. Su director David Leitch logra poner en juego a Ryan Reynolds en la piel de un XMen muy particular. Un vocabulario escatológico y momentos donde la risa pasa a la carcajada. No hay ética en los filmes de Marvel. Se mata y se mata y no hay piedad. Son como esas viejas películas clase B italianas donde la muerte era algo tan normal que uno nunca de asustaba cuando veía a miles de muertos apilados al borde de la pantalla. Deadpool mata, vuelve a matar y mata muchas veces por puro goce fílmico. La pantalla no salpica sangre, porque la sangre es tan real que queda atrapada en la imagen.
No pasa lo mismo con Animal de Armando Bo. Jr., porque en este filme, que promete en sus adelantos y en su afiche una gran película nacional, Guillermo Francella comete el error de no ser real en el juego de construcción del personaje. Un hombre que necesita un riñón para no morir. Un hombre que en ningún momento del filme parece enfermo o peor aún angustiado por la muerte. Su moral burguesa de clase media lo hace transgredir la norma principal de las sociedades capitalistas: caer en la delincuencia de robar un riñón para no morir. Su esposa lo deja, sus hijos no lo respetan y el personaje que tiene el riñón potable es un lumpen con una risa irritante. Pero en ningún momento hay tensión o ese qué miedo tengo por lo que vendrá. El final muy malo. Y deja un agridulce en la boca como diciendo que siempre esperamos el gran filme nacional que se la juegue en su construcción y sea creíble, y nunca pasa nada.
Como decía Salinger: "todo es una mierda, pero lo lindo de la vida es que es una reverenda mierda para vivirla rodeado de mierda".
Fabián Ariel Gemelotti
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