Aquella gorda aladañ
de chocho oloroso y carne caída,
un día encontró un consolador
en la casa de su hermana.
La gorda lo miró soñadora
y se sacó la ropa
y la bombacha manchada de regla.
Y se recostó en el sofá mugriento
y se metió el consuelo en un suspiro
Y un grito agudo y tierno
se escuchó en todo el vecindario.
La gorda alada y de carnes caídas
así perdió su virginidad sagrada
Fabián Ariel Gemelotti
(De: La carne pide pija; inédito. Página 20. 1992)
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