miércoles, 8 de enero de 2020

El Alberto

El Alberto (relato)

(f.a.g.)

En mi barrio de chico había un tipo llamado Alberto. Pero todos le decían el Alberto. Este tipo era el rufián del barrio, pero no un rufián romántico y melancólico como el de Los siete locos. Era un rufián malo y muy malo podríamos calificarlo de "guacho". El Alberto era gordo, feo, grasiento y tenía la manía de comerse los mocos cuando hablaba. Pero tenía una virtud, prestaba plata a todo el mundo y la gente era amable con él, esa amabilidad falsa de los barrios donde si alguien tiene mosca todos están detrás de él. Y el Alberto tenía mucha plata. Una vecina, la Cachi, quería irse a La Falda en Córdoba, pero no tenía plata. Va de el Alberto, y le pide dinero prestado. Pero esta mujer tenía muchas deudas y estaba apretada de dinero. El Alberto siempre se aprovechaba de estas cosas: "pagame en especias Cachi". En el lenguaje de un barrio eso significa una tirada de goma. La Cachi no era linda, un poco gorda y tenía un grano muy punteagudo en la nariz. Ese grano despedía olor feo. Pero tenía labios grandes y sabía tirar la goma, según decían malas lenguas de las vecinas. La Cachi le dice "bueno" y el Alberto ahí mismo pela la verga y la Cachi se la empieza a tocar. Pero la Cachi era mala también, una vieja solterona y amargada. Se la toca y el Alberto goza, pero la Cachi empieza a apretar la verga del rufián y apreta fuerte. El Alberto le dice que lo suelte y la Cachi le dice que quiere mucha plata o le arranca la pija. El Alberto la escupe y la Cachi hace mucha fuerza y le estira toda la pija. El hombre le pega una cachetada y la cachi saca una navaja del bolsillo y se la corta con profesionalidad de peluquera, porque la Cachi era peluquera de gordas casadas a domicilio y también tiraba las cartas. El Alberto se desangra y la Cachi lo mira firme y con una sonrisa en los labios le "Alberto hijo de puta ya no tenés más chota".

Fabián Ariel Gemelotti

martes, 7 de enero de 2020

La,cucaracja

La cucaracha (relato)

(f.a.g.)

No hay nada más desagradable y asqueroso que una cucaracha. Se meten por todas partes y nadie puede evitar que invadan bibliotecas, dormitorios, cocinas, baños y cualquier lugar de una casa. Esta historia la leí en un policial de un periódico de Marruecos hace 25 años cuando estuve en ese magnífico país. La adapto a mi ciudad, porque toda historia de cucarachas es válida para cualquier parte del mundo.
Una mujer se casó con un hombre rico. Y fueron a vivir a una casa muy lujosa en la Zona Norte de Rosario. El marido, un político enriquecido con los sindicatos, la amaba. Ella no tanto, pero estaba agradecida de haberse casado con este señor adinerado. El hombre era obeso, alto, de piel muy blanca y no muy bueno en cuestiones de sexo. Ella era delgada, rubia, de ojos grises y de familia muy humilde. El tenía 61 años y ella 33. La vida en esa casa era muy dichosa, sirvientes y autos, pileta y viajes a Europa dos veces al año. El marido la amaba con todo su ser, y ese amor y la apacible tranquilidad de ella dieron fruto a un embarazo. Pero algo le faltaba a ella: el goce sexual. En el primer mes de embarazo todo fue dulzura, y los chocolates eran el alimento cotidiano de ese embarazo. Pero fueron pasando los meses y ya en el quinto mes ella necesitaba de alguien que la llevara al médico en auto, porque su esposo, un político de alto vuelo, estaba ocupado en sus cosas y no disponía de tiempo para su esposa. Entonces el hombre lleva a la casa a un muchacho joven, de 21 años para que haga de chofer de la mujer. La mujer al ver al joven sintió renacer su juventud que iba perdiendo al lado de ese hombre. Y el joven sintió al verla que el amor había nacido. Pero ella al principio lo trataba muy mal e iban con el coche a la clínica y volvían y era una despedida seca, de patrón a empleado.
Un día iban en el coche y empezó a llover torrencialmente y tuvieron que detenerse, porque el marido le había indicado al joven que nunca ponga en peligro a su esposa si había tormenta y lluvia. La mujer sentía miedo y la panza temblaba, ya estaba de siete meses. El joven al verla asustada abre la puerta del auto y sale y abre la puerta de atrás y se sienta al lado de la joven. La joven temblaba de miedo y el joven le acaricia la panza y así va acariciando el cuerpo de la joven hasta que llega a sus senos. Y la joven suspiraba y no decía nada. El joven le levanta la blusa y le lame los senos hinchados por el embarazo. Y después la besa y ella responde con su lengua. El joven se saca el pene y lo sostiene en la mano y la joven se lo agarra y lo masturba. Y el joven acaba y llena de leche las tetas de la joven. Después de ese encuentro sexual hubo otros encuentros en el asiento trasero del coche, pero nunca la mujer dejó penetrarse. Simplemente agarraba el pene y lo masturbaba al joven.
El marido empieza a sospechar de esa relación. Y un día decide matar al joven. Lo cita a su oficina y con un arma con silenciador le da dos disparos en la frente. Y siente ruido, y no sabe qué hacer con el cadáver. Entonces lo pone en un armario y lo tapa con ropa. Entra a la oficina su esposa, alegre y con ganas de vivir. El marido le dice que la ama y ella le dice que lo quiere. Querer no es amar, se quiere hasta a una planta. Y están ahí, ella sentada en un amplio sillón y él mirándola, pero asustado y transpirado. Un cadáver en el armario y no sabía cómo deshacerse. Y de pronto una cucaracha camina por el piso. Y Ella grita y el marido se pone tenso. Y entra la empleada del marido y ve también la cucaracha. Y empieza a correrla. La cucaracha se escurre y sube a la pared. La mujer le pega con un periódico y la cucaracha es rápida y eficaz. El marido tiembla y agarra un mata cucarachas y rocía a la pared y la cucaracha sigue. Es muy rápida. La cucaracha va por toda la habitación y finalmente se mete en el armario. La empleada quiere abrir el armario y el hombre le grita que no lo haga. La empleada insiste y el hombre saca el arma y le dispara en la nuca. La mujer se desploma y la joven esposa embarazada se levanta del sillón y se desmaya y cae con la cabeza sobre el borde del escritorio y queda ahí seca. Muere en una muerte absurda. El hombre se agarra la cabeza y se sienta en el sillón. El arma en su mano  se bambolea. Está decidido a matarse. Y mientras decide ese suicidio la cucaracha sale del armario y se dirige al sillón donde estaba el hombre. Y el hombre ve a la cucaracha. Y los dos se observan, el minúsculo y asqueroso cucaracho y el gordo político homicida. El hombre pone el arma sobre el sillón, y la cucaracha no se mueve. El hombre dispara y destroza a la cucaracha. Y después agarra el arma y se la pone en la boca y jala del gatillo y no salen balas. Y se sienten sirenas de la policía acercándose al lugar.
"Un próspero político Rosarino mató a su empleada, a su esposa embarazada y a un joven de 21 años chofer de la familia y cuando quiso suicidarse ya no había balas en el arma"(La Capital de Rosario)
Yo siempre recomiendo que a las cucarachas hay que dejarlas vivir.

Fabián Ariel Gemelotti

lunes, 6 de enero de 2020

Los seres

2121 (relato terror/ciencia ficción)

(f.a.g)

En el invierno de 1981 estábamos con mi novia Anita en mi casa viendo TV, una película de miedo. Ella con sus piernas delgadas apoyadas en mis pantalones y mis manos acariciando su cabeza. La película era sobre mutantes, no recuerdo el título. El miedo carcome el cerebro, y un filme de terror te tiene que carcomer y asustar en serio. Romero solía decir: "el miedo parte de nuestros propios miedos interiores". Y Poe decía: "el único miedo real es el miedo a morir". Anita sabía que yo la amaba, porque yo la cuidaba y la mimaba. Un hombre debe mimar a una mujer cuando la ama. Hitchcock decía que el terror es la esencia del cine. Y Los pájaros es, a mi entender, la esencia del cine de terror.
Como decía, estábamos viendo una película de terror. Nos quedamos dormidos profundos y al despertar no entendía nada. No estábamos en mi casa, sino en un cuarto amplio y con un olor muy particular. Anita estaba atada a una cruz y la sangre cubría su cuerpo desnudo. Yo estaba también atado, pero nadie me había lastimado. Estaba sano y conciente, viendo aterrado a mi amada atada. Quise gritar y no pude. Anita estaba inconsciente o muerta, la verdad que no podía discernir su estado. Transcurrió un buen rato hasta que apareció una mujer alta de pelo obscuro y piel muy blanca. Se me acercó y acarició mi rostro. Después retrocedió y fue hasta Anita y apoyó sus labios en el cuello de mi amada y unos colmillos enormes se clavaron y le succionó la sangre. Una vez satisfecha retiró su boca y se dio vuelta y me miró, y la sangre en sus labios daban terror, y me dijo: "están en mi casa, no soy una mala mujer. Simplemente necesito que cumplas una misión para mí, y te devolveré a tu amada. No te preocupes, solamente absorbo la sangre necesaria para vivir. No le hago daño a la chica". Nunca sentí tanto miedo como ese día, y aterrado le dije: "por favor nos tiene que soltar". Y me dice la mujer: " primero cumple la misión y después los liberaré".
Me acomodo en el asiento de ese vehículo extraño y me dispongo a viajar. Voy a cumplir la misión que debo cumplir para librar a Anita. La misión consiste en viajar en el tiempo al año 2121 y asesinar a un hombre. Es un viaje al futuro. Estoy aterrado pero debo cumplir mi misión por Anita, por nuestro amor. Y la mujer extraña me observa y sonríe. El vehículo empieza a temblar y yo también tiemblo de terror y veo luces y luces y más luces y cierro los ojos y al abrirlos estaba en una casa amplia y alumbrada por luces rojas. La misma mujer de los colmillos me recibe y me dice que baje. Desciendo del vehículo y la mujer me da una ropa extraña y me dice que deje mi ropa del siglo 21 y me ponga la que ella me daba. Me cambio y la mujer me da un papel plateado que contiene una dirección y una foto de un hombre gordo y también me da un arma y me dice: "debes ir ahí y matar a este hombre y debes volver rápido acá". Salgo de la propiedad y empiezo a caminar. Estaba en Rosario, pero la Rosario de 2121. Una ciudad extraña. Vehículos voladores y mujeres con senos enormes sin cubrir. Lo primero que hago es ver dónde queda esa dirección. La mujer me había dicho que tome un taxi, y me había dado dinero de esa época. Veo un vehículo rojo que dice taxi y lo llamo y el vehículo se para a mi lado y subo y le digo la dirección. Una mujer morocha y de tetas muy pero muy grandes era la taxista. La mujer me dice: "al barrio de los políticos, ahí hay plata muchachito". El vehículo empieza a andar por la ciudad, y miro por la ventanilla y veo gente extraña: hombres barbudos y rapados, mujeres con pantalones verdes y las tetas al aire. Y veo a un hombre con un collar al cuello y a una mujer que lo lleva como si fuera un perrito. La taxista se ríe y me dice: "¿no es de acá usted?"  Le digo que no, y me mira por el espejito sonriendo: "esos tipos con el collar son esclavos. En Rosario está permitida la esclavitud masculina". Yo me río y le pregunto: "¿hay algún lugar donde pueda consultar las muertes en la ciudad? La taxista adivina mi pregunta y me lleva a la biblioteca pública. Estaciona el vehículo en un lugar muy amplio en una zona llena de edificios redondos y me dice: "baje que lo espero". Yo bajo y entro al edificio y una mujer con los senos más grandes que ví en mi vida me dice: "¿qué desea usted de mí?" Le digo que busco algún registro de Historia de la ciudad de los últimos cien años y un registro de fallecimientos. La mujer me da una especie de celular y me dice que ahí puedo consultar. Me aparto y me siento en unos sillones enormes y no podía entender el aparatito. Una chica joven se arrima y me dice: "si me chupás las tetas un ratito te enseño a manejar el aparatito". Yo no entendía esos códigos del Rosario de 2121. Y miro a la chica: una belleza única, una rubia de ojos verdes y pecosa de unos 18 años. Y le succiono unos pechos muy grandes de pezones rosados puntiagudos. Al terminar la chica me dice: "es muy simple, debes apretar la A y la J y después hablar pidiendo lo que buscás y la pantalla te muestra lo que quieres saber". Le digo gracias y la chica se va caminando. Al rato veo a un hombre anciano haciendo lo mismo que yo había hecho hacía un ratito: le estaba succionando los pechos a la chica. Y apreto la A y la J y pregunto sobre mí y unos amigos y veo en la pantalla mi foto: "Fabián Ariel Gemelotti bla bla bla bla.... murió a los 90 años después de haber ganado el Nobel de Literatura por su novela 2121". No entiendo nada y sigo mirando: "usted está ahora en la biblioteca pública Fabián Ariel Gemelotti, gracias por su visita". Me voy a donde estaba la mujer que me dio el aparatito y se lo devuelvo. Le digo gracias. La mujer me mira y me dice: "son tres chupadas de tetas". Le succiono tres veces y me voy. La taxista me estaba esperando y me subo al taxi. Y vamos a la dirección indicada. Le pregunto a la taxista eso de las chupadas de tetas y me dice: "eso es un intercambio, o pagás con dinero o chupadas. Al chupar la teta por un mecanismo cibernético se acreditan dinero a la cuenta de la mujer". Le digo si no hay al revés, o sea si la mujer no chupa al hombre. La taxista me mira sería y me dice: "eso nunca, chupar al hombre lo hacían nuestras abuelas antes de la revolución de la mujer. Eso da mucho asco". La taxista me dice: "ya llegamos, son un millón de dólares o media hora de chupada a mis tetas". Miro el dinero que me había dado la mujer alta y le doy un billete de un millón de dólares y la taxista me mira y me dice: "una lástima, me gusta que me chupen las tetas". Me bajo rápido, era muy fea la taxista. Veo una casa grande y toco timbre y me abre un hombre gordo. Es el hombre que debo matar. Y saco el arma del bolsillo del traje moderno y apunto y una luz verde se prende y dispara un rayo y el hombre gordo desaparece. Corro hasta la esquina desesperado. Y la taxista estaba estacionada y me llama. Subo al taxi y me dice: "vi lo que hizo, si me chupás las tetas tres horas sin parar no digo nada y lo devuelvo al lugar donde tomó el taxi". Le chupé las tetas tres horas seguidas y la taxista me dice: "bien, me acreditaron muchos dólares, puedo ahora cambiar el taxi. Ahora lo llevo al lugar donde tomó el taxi". Llegamos y me bajo y voy a la propiedad de la mujer alta y golpeó y me abre y entro. Y me dice: "muy bien, misión cumplida. Ahora subí al vehículo y tu amada te la devuelvo sana y salva". Subo al vehículo y me quedo dormido y al despertar Anita estaba a mi lado con sus piernas delgadas y largas extendidas en mi pantalón. Estaba dormida y la despierto y me dice si la película terminó. Miro la TV y veo rayas. Eran las doce de la noche. Le digo que la acompaño a su casa y vamos de la mano por la calle. Yo pensaba en lo que había vivido y no entendía nada. Al llegar a su casa Anita abre la puerta y su madre me saluda. Del fondo escucho unas voces y pregunto si había alguien más y la madre me dice: "está una señora de la Iglesia y tres amigas nuevas que vinieron a visitarme". Y aparecen las cuatro mujeres, la amiga de mi suegra y las tres mujeres nuevas. Y quedo temblando y muy confuso, porque reconozco en esos rostros a la taxista, la mujer de la biblioteca y a la joven que me enseñó a manejar el aparatito. Las tres mujeres me miran sonriendo y se tocan los senos y la más joven le dice a Anita: "hacé pasar a tu novio, que vamos a orar por un mundo feliz".

Fabián Ariel Gemelotti

La mujer del vecino

La mujer del vecino

(f.a.g)

Cuando tenía 16 años fueron a vivir al barrio una pareja grande, de unos cuarenta años. Ella era delgada, de pelo corto castaño y muy alta. El era delgado y alto y de rostro muy blanco. Era verano y mi adolescencia transcurrió en la pileta del Club Echesortu. Este club, el Libertad y Rowing Club fueron mis pasiones de verano. Siempre me gustó nadar, y la playa. Cuento que era verano, porque el verano tiene que ver con este relato. La pareja se instala en una casa grande, la más bella del barrio. Esta casa fue propiedad de gente muy rica que murieron misteriosamente. Y estos nuevos vecinos aparecen de la nada con dos camiones de mudanza. Veníamos una tarde de Rowing con mi novia de entonces, Anita que tenía 14 años, y nos quedamos asombrados al ver las cosas que bajaban los nuevos vecinos de los camiones de mudanza. Entre los muebles que iban entrando a la casa nos llamó la atención cuatro cajas muy grandes tapadas con sábanas. Anita me mira y me dice qué será. Nos sentamos en el cordón a ver la mudanza, cosa linda porque una mudanza llama la atención, más cuando uno es chico y curioso. Nos abrazamos con Anita y nos dimos besos, éramos muy pegados. Fue un gran amor. Ella murió a los 17 en un accidente de tránsito, y todavía la recuerdo con afecto porque era muy linda y buena y muy sensual. Cinco años estuvimos juntos. Nos estábamos besando y siento una mano que toca mi cabeza. Nos separamos y miramos para arriba y vemos a una mujer muy bella que nos sonreía. Ese fue mi primer encuentro con la nueva vecina. Y fue el comienzo de los sucesos que voy a narrar.
Mucho calor ese verano, y todo el día a Rowing con Anita. Era muy lindo, porque ahí nos cruzábamos a las islas y hacíamos el amor a toda hora. En el bote, en el río y entre los yuyos. A la noche no se podía dormir, y mi familia no tenía aire. Así que abría las ventanas y prendia un ventilador turbo y me desnudaba completo para dormir. Enfrente de mi casa era la casa grande de los nuevos vecinos. Y desde mi ventana podía abarcar esa propiedad con total libertad. Una noche no podía dormir y me pongo a leer a Poe. Me lo regaló Anita, ella leía mucho. Leía y leía y estaba todo transpirado. Me arrimo a la ventana para respirar un poco y veo la ventana abierta de enfrente y luz. Miro bien y veo a la vecina desnuda con un cigarrillo en los labios y al vecino también desnudo. El vecino la empuja contra la pared y le hace el amor. Yo desde enfrente miraba y me puse duro y eso que habíamos estado cogiendo con Anita todo el día. Pero me puse al palo. La vecina se movía de una forma muy rápida y el hombre bombeaba como si fuera un animal salvaje. Así estuvieron cuarenta minutos hasta que veo que el tipo deja de moverse y se retira y ella lo sigue y apagan la luz. Tengo que confesar que tuve que masturbarme esa noche. Al otro día cuando hacía el amor con Anita pensaba en la vecina. No podía sacármela de mi pensamiento. Me había calentado mucho.
A la noche miro de vuelta por la ventana y veo al hombre desnudo y a su mujer también desnuda. Agarro un largavista y así puedo ver bien a la mujer: miro sus tetas y su cuerpo. Me vuelvo a excitar mucho pero sigo mirando. La luz del ventanal de los vecinos era muy fuerte y abierta la ventana de par en par me daban una visión perfecta. La vecina se agacha y agarra la verga del tipo y se la mete en la boca. Y succiona un buen rato, sacándosela de la boca y chupando los huevos del vecino. Yo a esa altura estaba muy caliente. Y el vecino acaba y chorrea todo el semen en las tetas de la mujer. Esa noche no dormí. A la mañana me sentía mal, dos noches sin dormir y Anita quería sexo en la isla. Entre el sexo con Anita y las noches en el ventanal me estaba destruyendo. Así transcurren varias noches, y a la mañana quería dormir en la playa y en el bote. Anita me ve mal y me pregunta qué me pasaba. Y le cuento. Su reacción fue de celos y me empujó del bote. Quedé en el medio del río y ella siguió hasta la playa. Tuve que nadar y me acalambraba a cada brazada. Me dolía todo el cuerpo.
Mis noches eran mirar por la ventana y ver a la mujer del vecino hacer el amor. Pero una noche veo al vecino desnudo y a su mujer también desnuda que se dirigen a la ventana. Los dos apoyan las manos en el borde de la ventana y miran a mi ventana. Y me ven espiando. Y hacen una seña para que me cruce. Yo estaba muy caliente y asustado a su vez. Y bajo por la ventana con agilidad y en calzoncillos llego a la calle. Y me cruzo de los vecinos. Y la puerta se abre e ingreso a la propiedad. No veo a nadie y veo una escalera y subo y veo al vecino cambiado con un traje negro. El vecino se acerca y me mira fijo a los ojos. Y me dice si busco a la mujer. Yo no sabía qué decir, tenía vergüenza y miedo. Y el vecino me indica con la mano unas cajas grandes (eran las cajas que habíamos visto entrar tapadas con sábanas). Las cajas eran blancas y estaban abiertas. El vecino se arrima y saca una cabeza de una caja. Y después saca tres cabezas más. Eran todas las cabezas igualitas a su esposa. Y así saca de cada caja partes del cuerpo. Yo estaba asustado. El vecino me miraba y se reía. Y empieza a unir las partes y forma así cuatro mujeres. Eran esas mujeres la vecina. Yo temblaba de miedo. Y el vecino me dice que me siente y me sirve Coca cola y me dice que preste atención que va a contarme una historia: "mi nombre en Abrahan Libaskul, soy ingeniero de profesión y nací en Israel. A los 20 años me casé con Mayle, la mujer que vos veías por la ventana. Fue el amor de mi vida. Teníamos mucho sexo. Hace cuatro años ella murió de una enfermedad muy rara. Tenía una infección en la piel que la fue matando poco a poco. Yo quedé muy mal y solo. Así que un día fui al cementerio, robé el cadáver de mi mujer y le di vida nuevamente. Soy un gran científico y pude conectar la vida nuevamente. Y así volvió a la vida nuevamente Mayle. Y tengo repuestos por si pasa algo. Acá ves cuatro Mayle más". Cuando el hombre termina de hablar aparece su mujer Mayle. El hombre me mira y me dice: "¿querés probar cómo funciona?". Yo me asusté y le digo que amo a mi novia. Era muy leal en esos tiempos. Creo que Anita fue la única mujer que nunca engañé con otra. Entonces el hombre me mira serio y me dice: "vete y no cuentes nunca esto o volveremos y tendremos que matarte". Me voy corriendo y entro a mi casa asustado.
A los días al venir de Rowing con Anita vemos una mudanza. Los vecinos se iban y nuevamente vemos las cajas con sábanas pero esta vez subir a una mudanza. Anita me abraza y me dice: "estaba celosa de esa vieja".
Hace unos días pasé con la moto por la zona de barrio Martin. Y veo dos camiones de mudanza y unas cajas con sábanas que bajaban. Y miro bien y veo a Mayle y al hombre alto. Yo tenía puesto el casco y no me reconocieron.
Por favor si ves a una pareja adulta entrar cajas con sábanas a una propiedad, no mires por la ventana a la noche. Tu vida corre peligro.

Fabián Ariel Gemelotti

domingo, 5 de enero de 2020

Las marcas

Las marcas en la piel (relato de terror)

(f.a.g.)

De chico era muy travieso, muy inquieto y curioso. Vivíamos en Barrio Azcuénaga a cinco cuadras del Club Libertad. Ese fue mi barrio de la infancia, un barrio que amo. Corría el año 1980 y con Golato, el Pichi y Daniel nos subíamos a los árboles a jugar a las piedras. Piedras van piedras vienen y la guerra era total. Como en esa magnífica novela La guerra de los botones, éramos indisciplinados y muy peleadores. Nos gustaba provocar. Había una casa en una cortada donde se comentaba que vivía una bruja. Era un mito barrial y el relato oral de esa bruja corría de voz en voz y los chicos sentíamos curiosidad. Una tarde corre la voz que la bruja murió. Era una vieja solitaria que vivía en una casa negra y sucia. Un caserón que parecía salido de un relato de Poe. Pero esa tarde se corre la voz de su muerte. Los vecinos se acercan a la propiedad y ven a la morguera retirando el cadáver. Una sábana blanca tapaba el cuerpo muerto recostado en la camilla. Se llevan a la muerta. Y los vecinos se miran entre sí y vuelven a sus casas. Nosotros empezamos a jugar a la pelota en la puerta de la casa de la bruja muerta. Y Daniel nos dice: "entremos a ver, puede haber plata y joyas". La vieja no tenía familia conocida, era sola. El razonamiento de Daniel era bueno, podía haber dinero escondido y oro. Así que Daniel, Pichi, Golato y yo entramos al jardín y queremos abrir la puerta. Esta estaba cerrada. Las ventanas no pudimos forzarlas tampoco. Así que nos trepamos a un palo de la luz pegado a la casa (arriesgando nuestras vidas de quedar pegados) y así subimos a la terraza. Vemos la claraboya y con un ladrillo rompemos los vidrios y nos metemos por el agujero y así descendemos a la propiedad. La obscuridad era total. Palpando tocamos el botón de la luz y lo prendemos. Y empezamos a revisar cajones y todo lo que sea revisable. Nada. Pero Daniel, un chico muy inteligente, empieza a palpar y empujar una pared. Esta se abre y una habitación amplia aparece. Ingresamos y vemos un altar. En el altar estaba un Cristo crucificado manchado de sangre y a los pies un gato muerto. Pero al costado del altar había pulseras de oro y cuatro monedas también de oro. Daniel agarra los collares y las monedas y se los guarda en los bolsillos y se decide que él las tenga hasta poder vender todo.
Ahí comienza los sucesos que tanta desgracia trajeron.
A los cinco días me llama Daniel por teléfono a la noche. Mi madre asustada me dice que es urgente. Atiendo y Daniel me dice: "tengo miedo Fabián, estaba durmiendo y me tocaron los pies y al prender la luz no había nadie". Cuelgo y no le doy importancia al asunto. Estaba durmiendo y siento voces en la habitación. Prendo la luz y no veo a nadie. A la mañana en la escuela Daniel me aborda en el recreo largo y me dice que lo acompañe al baño que quiere mostrarme algo. En el baño se sube el delantal y la remera y veo tres marcas en su piel. Eran rojas. Así pasan los días y en cada recreo Daniel me muestra su cuerpo, que empieza a llenarse de marcas rojas. Pichi, Golato y yo no teníamos marcas, pero Daniel su cuerpo ya estaba marcado de los pies a la cabeza. Los padres lo llevan a médicos, nadie puede curarlo. Nadie entiende lo que le pasa. En el barrio había una vieja curandera, doña Rosa, una mujer que tiraba las cartas. Con los chicos vamos de la mujer y primero no quiere atendernos, pero le suplicamos y Daniel se levanta la remera y doña Rosa al ver su cuerpo nos hace pasar. Y la mujer empieza a temblar y nos mira y nos dice: "las cuatro monedas de oro, son las marcas de San Juan". No entendemos nada, y la mujer nos hace sentar y nos narra una historia: "chicos escuchen bien, la tradición bíblica dice que Judas traicionó a Jesús por monedas de plata, pero no es así chicos. Jesus es traicionado por Juan por cuatro monedas de oro. Estas monedas fueron enterrados con Juan a su muerte. Una orden satánica las recupera en 1667 y nombra guardianes de las monedas. Estas monedas serán el detonante del Apocalipsis. Satán adquiere fuerza al tenerlas. La bruja que murió el otro día era la última guardiana de las monedas de Juan". Nos miramos entre nosotros y nos asustamos y le decimos qué podemos hacer para librar a Daniel de las marcas. Aparte sentíamos miedo por nosotros también, aunque nunca tocamos las monedas. La mujer nos mira a los ojos y nos dice: "lo único que pueden hacer es volver a esa casa y dejar las monedas donde estaban y prender fuego a la propiedad".
Nosotros volvimos a la propiedad y dejamos las monedas en la habitación oculta y dejamos gasolina y prendimos fuego. Fue un incendio que todo el barrio comentó.
Hace años que no veía a Daniel. Lo vi ayer a la tarde. Estaba tan bello como siempre y su rostro luminoso. Lo vi bajar de un auto muy caro y ropa blanca y joyas. Lo miré bien, porque no podía entender su prosperidad económica. Era un chico pobre y sin futuro. El me mira y me reconoce y levanta el brazo y me saluda y colgada en su mano veo el llavero del auto con cuatro monedas doradas que cuelgan y se agitan. Y Daniel me grita fuerte: "es el día, el apocalipsis de Juan ya llega".

Fabián Ariel Gemelotti

El profeta

El Otro Mundo

(f.a g)

Esto que voy a contar es real, nunca lo he narrado. Por miedo y por vergüenza a que no me crean. Pero es real, tan real que todavía siento escalofríos cuando pienso y recuerdo los hechos. Corría el año 1994 y yo estaba paseando con mi moto. En esos tiempos tenía una Honda 100 negra de lujo. Una máquina que ahora es moto para coleccionistas. Recorría la ciudad y con mi melena de ese entonces y mi rostro aniñado y mi remera negra pegada a mi cuerpo trabajado por el gimnasio y la natación me sentía libre. Tenía muchas mujeres, una mejor que otra. Los años te van quitando impronta, pero quizás ahora tenga más mujeres que antes. Es fácil tener mujeres cuando se sabe abordarlas. Bueno, no quiero distraer la atención del lector en cosas personales. Pero cuento esto porque tiene que ver con lo que voy a narrar.
Iba con mi moto por el Parque Independencia y veo sentada en un banco a una rubia hermosa. Nunca había visto a alguien tan bella y tan perfecta en cuerpo y piel. Lo único raro era su vestimenta, como salida de un filme del cine mudo. Paro mi moto y me arrimo a la chica. Me siento a su lado y prendo un cigarrillo. La invito y me rechaza el cigarrillo. Me agarra de la mano y me lleva a mi moto y me dice: "vamos a mi mundo". Me subo a la moto y tiro el pucho ya consumido y ella se sienta y me apoya las manos en las piernas y dice que arranque. Doy la patada y empezamos a viajar hacia su "mundo". Me susurra que la lleve hacia la zona del Cementerio La Piedad. Vamos hacia ahí. Tengo que decir que siempre me gustaron mucho las mujeres, y nunca desaprovecho cuando veo a alguien que puede ser un potencial romance. Así que voy contento a toda velocidad con mi moto y el pelo de la rubia me pegaba en la nuca y sus manos apretaban mis piernas y sus senos apoyados en mi espalda me hicieron calentar mucho. Llegamos a la zona del Cementerio y paro la moto y me doy vuelta para ver bien el rostro de la mujer: nunca vi algo tan hermoso, ni Alejandra que era mi novia de entonces y de una belleza única tenía esa belleza. Irradiaba luz el rostro. Los labios muy rojos y las pupilas tristes. Una blancura única. Nunca vi mujer tan blanca. Le pregunto dónde es su casa, porque yo pensaba que su "mundo" era su domicilio. Y me dice con una voz de una suavidad de otro mundo: "vivo ahí" y señala el Cementerio. Le digo que ahí no puede vivir, porque es un Cementerio. Y Ella arrima los labios y me besa. Y siento que el cuerpo se me enfría y siento una tranquilidad única. Sus labios son fríos y dulces al mismo tiempo. Le digo que ahí yo no entro. Soy miedoso desde niño. Le temo a los Cementerios. Dos mujeres que amé mucho murieron y no toqué sus cadáveres en el féretro. A los 17 años murió en un accidente de auto una chica que fue uno de mis grandes amores. Yo también tenía 17 años y no pude besarla en el féretro. Y hace unos años otro amor se quitó la vida y no pude tocar su cuerpo muerto. Me resisto a entrar. Y me besa nuevamente. Bajamos de la moto y me agarra de la mano y me lleva hacia La Piedad. Y entramos. Yo pienso que debe ser la hija del guardián y pienso en el polvo que me voy a echar y eso me calma. Recorremos el Cementerio hasta la mitad y ahí hay una tumba vieja. Y Ella abre la puerta y me dice que entremos. Tengo miedo, estoy temblando. Ella se acerca y me da otro beso. Entramos a la tumba. Hay sarcófagos polvorientos y cruces quebradas y sucias. Y fotos viejas. Ella se arrima a mi cuerpo y me besa los labios con pasión. Y se aparta y se saca el vestido. Veo un cuerpo perfecto, piernas delgadas y blancas. Y senos pequeños con pezones rosados. Y se arrima y me saca la remera. Y empieza a besar mis tetillas y mi cuerpo entero. Me agacho y me saco las zapatillas y me saco el vaquero. Y quedo con el calzoncillos rojo. Y Ella se arrima y me arranca el calzoncillos y mi pene está muy duro. Desciende y se lo mete en la boca. Succiona de una forma única. Y empieza a subir hasta mis labios y me susurra que la penetre. Empujo su cuerpo hacia un féretro polvoriento y levanto sus piernas y hago fuerza con las mías y le meto el pene y empiezo a bombear. Ella grita y grita. Y así un largo tiempo hasta que siento su cuerpo temblar y en un largo suspiro acabo y la beso y la beso apasionadamente.
Ella me dice que me cambié y que me vaya. Le pido explicaciones porque no entiendo nada. Yo me dejé llevar por la calentura nada más. Y me dice gritando: "tenés que irte ya nos volveremos a ver en mi Mundo". Salgo triste de la tumba y feliz al mismo tiempo. Miro para atrás y veo polvo y suciedad y tumbas y ese olor a muerte empieza a penetrar en mi nariz. Un olor nauseabundo que me hace temblar de asco. Llego a la puerta del Cementerio y corro a mi moto.
Al otro día le cuento esto a Fernando Marquinez, un gran amigo. Y le digo que por favor me lleve en su auto hasta el Cementerio a la salida del trabajo. Vamos hacia La Piedad. Al llegar entramos y hay una casilla y un hombre de unos noventa años sentado leyendo un libro. Nos arrimamos y le pregunto: "¿usted tiene una nieta rubia?" El hombre me mira y me dice que no. Y le hablo de la tumba y vamos los tres hacia la mitad del Cementerio. Al llegar a la tumba el viejo empieza a lagrimear y le pregunto por qué llora y el viejo saca de su billetera una vieja foto amarillenta en blanco y negro y dice con voz temblorosa: "acá descansa mi primera esposa muerta en un accidente de moto en 1925".

Fabián Ariel Gemelotti